Eugenio Ibarzabal

En homenaje a Isaias

Posted by on Mar 11 2008, in Sin categoría

Todo el repaso de la semana queda trastocado por el asesinato de Isaías Carrasco. Escuché la noticia por la radio a los pocos minutos de producirse el atentado, y tuve la misma sensación que cuando mataron a mis amigos: algo se para, se lentifican todos mis actos y me encuentro de verdad con lo importante en la vida, mucho más allá de las disputas políticas. Pienso en el dolor de sus hijos, lo intuyo, y me viene a la mente como algo realmente insoportable. Curiosamente dejo de pensar en Isaías, y me imagino el terror de tantos concejales y exconcejales vascos, y todo lo que estará pasando por la mente de muchas de sus familias. Escucho las palabras de algunos de sus vecinos, que hablan como si les hubieran golpeado unos matones, aterrorizado primero y trataran de expresarse llorando después. ¡Cuánto dolor!…

Al atardecer veo pasar delante de mí una manifestación que grita “borroka da, bide bakarra”, y me fijo en sus caras. Hay jóvenes pero también personas mayores. Me quedo mirando a una de ellas, que también me mira. Veo sonrisas y un aparentar indiferencia ante lo ocurrido. ¿Será de verdad así?… Pienso en el que ha matado ese mediodía, cómo estará, qué pasará ahora por su mente, más allá de intentar escapar de la policía. No puede haberlo hecho sin luchar primero consigo mismo y doblegar después sus escrúpulos. También a las fuerzas de represión nazi les costaba mucho al principio hacer lo que hacían. Pienso en los padres de algunos huidos pensando que tal vez haya podido ser su hijo… No tienen más que dos opciones: reconocerlo o mentirse a sí mismos y seguir mintiendo a los demás. Autodestruirse, lo que significa luego destruir aún más. Cuantas veces escuchamos análisis sobre el origen del terrorismo. Para mí es bien simple: la soberbia llevada hasta el límite y la consecuente degradación, porque la responsabilidad es personal.

Mis buenos amigos Josune Bereziartu y Rikar Otegi me recomiendan un libro que devoro en dos días: “Hacia rutas salvajes”, de Jon Krakauer, un libro que ha dado lugar a una reciente película de Sean Penn. El libro me ha emocionado por muchas razones. En un primer momento sientes una admiración sin límites por el héroe de la historia: un joven de veintipocos años que quiere vivir la vida, intensa y libremente, enamorado de la filosofía de Tolstoi, hasta su holocausto final en los bosques helados de Alaska. Pero luego te das cuenta de que no piensa más que en él, que sólo cree en él y que vive como si los demás no existieran. Aunque no lo diga, vive como si fuera el centro del universo. Herido y sin poder moverse, coloca un cartel en la puerta de su guarida: “Necesito que me ayuden; estoy herido, moribundo, demasiado débil para salir de aquí, estoy completamente solo. No es una broma”… Nadie pasó hasta semanas más tarde. Para entonces, ya había muerto de hambre.

Cuando era pequeño en casa me contaban un cuento. Era un pastor que un día se puso a gritar que venía el lobo. La gente de los alrededores se acercó a ayudarle, pero él se rió de ellos. Lo hizo una segunda vez, y la gente, esta vez con dudas, se acercó una vez más, por si acaso. Nuevamente escuchó una risotada por respuesta. Pero la tercera vez vino realmente el lobo y el pastor pidió ayuda; esta vez no vino nadie y el lobo acabó primero con la manada y luego con él.

Hay quienes nos han engañado no una ni dos sino varias veces. Es más que posible que cuando mañana hablen en serio ya no les crea nadie. Y en ese momento me viene el texto evangélico: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

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