SIMPLEMENTE, PREGUNTAR.
Publicado por Eugenio Ibarzabal el 02 Mar 2026, en Sin categoría
¿Te ocurre que, llegado a un punto de una conversación que no es tal, observas que en ningún momento te preguntan por ti, ni por lo que haces, ni por cómo estás?
Seguro que sí; vaya como único consuelo que es de lo más normal. No te ocurre solo a ti; tampoco a los demás les preguntan nada.
Estás en un grupo, tomando unos pintxos en alguna reunión, o en una fiesta a la que has sido invitado y no conoces a la gente que te rodea. Te acercas a alguien. ¿Qué haces para entablar una conversación? Preguntar. Por ejemplo, por su nombre. Pero luego das un paso más y le animas a hablar de su familia, de si vive aquí o allá, por su profesión. Por fin se ha efectuado el contacto. Pasa el tiempo; la otra persona ahora parece entregada; te cuenta la historia de sus hijos; los problemas en su trabajo; si los hay, lo simpáticos que son sus nietos ‒aquí viene lo peor porque, si te descuidas, te sueltan hasta las fotos‒ y
todo ello con un común denominador: con todo lujo de detalles, incapaces de resumir nada. Miras de reojo el reloj y observas que ha pasado el tiempo, y en ese momento, adviertes que esa persona no ha preguntado aún por ti. Y lo peor es que te das cuenta que tampoco va a hacerlo, porque alguien ha interrumpido o esa persona parece dar signos de querer marchar.
Tú te has desfondado preguntando y esa otra persona que ahora, por cierto, amablemente, se despide, no te ha preguntado ni por tu nombre.
¿Qué cuerpo te ha quedado luego?
Estoy casi seguro de que el sentimiento posterior es doble: por una parte, el del esfuerzo baldío, y por la otra, la constancia de que a esa persona no le interesabas nada; solo quería hablar de ella misma, pero no de ti.
Puedes incluso ahondar más: no solamente has aprendido muy poco de lo escuchado, sino que constatas que esa otra persona se considera más interesante que tú ‒incluso has observado un tono de superioridad‒ o, si ese día tienes la autoestima baja, has podido llegar a creer que tú eres poco o nada interesante. Y ahí termina todo.
Lo malo es cuando, además, se repite con frecuencia. ¡Cuánto tiempo perdido!… Pero aún es peor cuando te encuentras con un radical de un signo u otro que trastoca tu amable pregunta inicial para hablar de inmediato de Sánchez, de Israel, de no sé qué reivindicación profesional, de lo corruptos que son los demás o de cómo está la juventud de hoy ‒salvo sus hijos, claro, que son maravillosos‒. Cabría recordarles que no es de buena educación hablar de buenas a primeras de política, de dinero, o de religión. Pero, no se sabe muy bien porqué, nunca lo hacemos. En este sentido, de un tiempo a esta parte, Madrid se ha puesto imposible y creo es por eso que voy tan poco.
Admiro a los buenos anfitriones: gentes que invitan a otras personas y que ese día han decidido olvidarse de sí mismos y dedicarse a estar pendientes de los demás, acercarse a quienes permanecen callados o solitos y practicar el arte de los platillos chinos: evitar que ninguno caiga, apareciendo y desapareciendo, practicando el arte de preguntar. 
¿Se ha sentido alguna vez mal en una fiesta a la que ha sido invitado y teniendo que arrear solo sin que nadie acuda en su ayuda? ¿O es que le han invitado para, además de barra libre, practicar la habilidad libre?
Y más aún cuando observas al que te ha invitado sentado y seguro al lado de los suyos, olvidando a sus convidados, para los que no parece tener obligación alguna. Sí, ya sé que hay gente más y menos tímida, pero, precisamente por eso, el anfitrión podría hacer aún más esfuerzo y pensar por un momento en los demás.
Preguntar es salirse de uno mismo, de lo que ya se sabe, de lo que has vivido, e interesarse por lo que anda fuera, por la vida, por los demás. Es también un ejercicio de humildad: las vidas de los demás pueden ser tan interesantes o más que la propia, puedo entender y aprender ‒no solo criticar, como hacemos tan a menudo‒ e, incluso, lo más importante, nos permite ayudar.
Porque preguntar, si se hace bien, con delicadeza y buena intención, es interesarse por esa otra persona, enviarle el mensaje de que tu vida, tu persona, tu opinión y tus problemas son importantes para mí.
Pero preguntar es también algo más: es la herramienta más sencilla, barata y eficaz que conozco para mejorar y avanzar. Primero, porque siempre te rompe algún esquema previo, segundo porque te conecta con los demás y tercero porque te abre posibilidades nuevas. Basta con preguntar a otra persona cómo estás, y algo nuevo puede comenzar de inmediato.
Es la mejor manera de seducir.
Que yo sepa, no tiene contraindicaciones.
Mi mujer lee este artículo y me comenta preocupada: ¿no temes que algún conocido que no pregunta jamás nada se dé por aludido? Tranquila, le contesto; lejos de enfadarse, pensará que eso, y no otra cosa, es “lo normal”.
Y en eso sí que estamos totalmente de acuerdo.
Luis
Zahartzen ari zara, Eugenio. Ari gara. Estas observaciones, detalles de diálogos o de comportamientos personales, son propias de lo que la vida nos va enseñando. Al menos, ése es mi caso. Antes ni me enteraba ni le daba importancia a estos «tics relacionales» pero, cuando avanzas en los setenta o más, todo esto es muy visible, muy evidente en las relaciones sociales. Sin querer, nos mostramos como somos. Y cuando uno se va haciendo mayor, más se dá cuenta de cómo hubiera podido mejorar su comportamiento hacia y con los demás. Perdemos reflejos pero ganamos en consciencia, aunque sea más lenta. Al parecer, no se puede tener todo.