Eugenio Ibarzabal

¿Y si dejáramos de hacer que hacemos?

Posted by on Sep 27 2014, in Sin categoría

Se me acerca un amigo y me pregunta que cuándo me voy a jubilar. Le contesto que ni puedo ni quiero. Pone cara de sorprendido.
– La calidad de vida también es importante –me replica. Es decir, que trabajar y tener calidad de vida son cosas contradictorias. Para muchos el ocio es tan importante como el trabajo, incluso más, porque la vida parece empezar cuando salimos de trabajar. Para mí no. No estoy dispuesto a renunciar a esa parte de mi vida. Encontrar un sentido a mi trabajo ha sido y es algo muy enriquecedor para mí.
Cuando yo era chaval el ocio era lo peor de lo peor y el trabajo una de nuestras señas de identidad. ¿Tanto hemos cambiado?…
Muchas de las veces que a mi cabeza llegan tonterías –y llegan con frecuencia–, me observo desocupado. Una de las mejores cosas en la vida es estar sanamente entretenido. Cuando observo a tantos que se quejan, me pregunto si no será tal vez que tienen demasiado tiempo libre para poder hacerlo.
Observo ansia por jubilarse. Pregunto: “¿y qué vas a hacer después”?, y me contestan: “tengo tanto por hacer”… Añado: “¿has hecho hasta ahora algo de lo que dices que quieres hacer?”. Si me contestan que no, pienso: “si hasta ahora no has hecho nada de todo eso, dudo que lo vayas a hacer luego”.
También he observado que, llegado el momento de dejar de trabajar, las mujeres – y pido perdón por la generalización – disponen de muchos más habilidades y recursos que los hombres. Los hombres parecemos abandonarnos antes; observo en algunos la tentación de la comida y, sobre todo, del alcohol. Y el alcohol ya se sabe que es el mejor instrumento ideado para desperdiciar la vida. No es precisamente calidad lo que ofrece.
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Leo una biografía de Dickens que me encanta; su autora es Claire Tomalin, y está en Aguilar. Dickens no era un santo, pero se trataba de alguien que al morir bien pudo decir aquello de “confieso que he vivido”. Traigo hasta aquí sus valores, que me parecen actuales.
– El trabajo. No para. Escribe e innova su actividad constantemente: luchando con sus editores, inventando nuevas maneras de presentar sus novelas, observando nuevas formas de mantener relación con el público y sus gentes, pendiente siempre de ellos. Hasta el último momento.
– Su compromiso social. Diciendo lo que piensa, y haciendo lo que dice. Gratuitamente. Su ayuda, su dedicación personal y su trabajo para reintegrar a gente desdichada son descomunales. Al final uno pierde la cuenta de las personas que, estando económicamente necesitadas, viven gracias a él.
– Su firmeza y su rechazo hacia los vagos, los que pudiendo hacer no hacen y los privilegiados que no aprovechan las oportunidades que la vida les ofrece.
– Su afán por sacarle el máximo partido a las veinticuatro horas del día, su lealtad total con los amigos, su capacidad de hacer seis cosas al mismo tiempo.
– Su voluntad para aguantar el dolor físico y poner buena cara, a pesar de todo.
De verdad, pensé al terminar el libro: de mayor quiero ser como él.
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Algo me dice que Draghi acaba de ofrecer todo lo que podía. Ya no hay más conejos en la chistera. No queda más margen de maniobra. Muy mal lo ha tenido que ver para dar semejante paso. Si incluso esto no funciona, ¿qué es lo que nos queda?…
Tal vez nos quede lo que no terminamos de hacer: desperezarnos y salir del bloqueo en el que estamos. Una cosa es la austeridad y otra las reformas estructurales, y de esto último ha habido más bien poco: la opinión pública no las acepta y la clase política no está dispuesta a quemarse.
Hay que ayudar, dentro de unas reglas claras, fundamentalmente, a dos colectivos: a los que realmente tienen necesidad de ayuda y a los que están dispuestos a comprometerse y crear trabajo. El resto deberíamos dejar de preguntar “qué hay de lo mío”.
Hay países a los que nuestros hijos emigran para encontrar trabajo, y países, como el nuestro, a los que las gentes no vienen más que a pasar sus vacaciones. ¿Qué han hecho bien allí que no hacemos aquí?… Una cierta humildad parecería conveniente. Podemos ahogarnos en nuestra propia soberbia, porque, y ojalá me equivoque, esto no se mueve. Hay paro porque estamos parados. Y la eurozona no despega. Al contrario.
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Por razones que no vienen a cuento he tenido la oportunidad de conocer a un buen número de psicoterapeutas. Y algunos de ellos me han dado mucho miedo. No los recomendaría. Creo que puede hablarse del Peligro Teraupético. Es una nueva adicción. Me ha parecido que lo peor que les puede ocurrir a algunos psicoterapeutas es que sus pacientes consigan sanar: en ese caso, dejarían de facturar. Una cosa es horadar, pero el mal nunca desaparece del todo. Vivir es también convivir. Hay que aprender a convivir con las miserias de uno y con las de los demás, y transformar la rabia en pasión.
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Sigo la polémica entre el alcalde de Vitoria y SOS Racismo a propósito de las ayudas sociales en Vitoria Gasteiz. Observo moralina y combate ideológico por ambas partes. Me pregunto: ¿quiénes son unos y otros para hablarnos en términos de moralidad a los demás?… ¿Por qué no nos ofrecen simplemente datos?…
Este debate podría ser ocasión para formar una Comisión independiente de investigación, al margen de los partidos políticos –sí, soy un verdadero ingenuo–, y que respondiera a unas cuantas preguntas de interés.
– Más allá de ser inmigrantes o no, ¿hay quiénes hoy, pudiendo trabajar, prefieren y pueden vivir de las ayudas sociales?… ¿De qué porcentaje estamos hablando?… ¿Eso es mucho o poco?…¿Nos lo podemos permitir?… ¿Es verdad que existen familias, cuyas tercera y cuarta generación siguen aún viviendo de las ayudas sociales?… ¿Por qué semejante fracaso?… ¿Es verdad que hay funcionarios que se sienten solos, desprotegidos y con miedo a la hora de tomar decisiones drásticas con respecto al futuro de algunas personas que viven de estas ayudas?… ¿Debemos continuar del mismo modo o, a la luz de las conclusiones, adecuarlas, en un sentido u otro?…
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Escucho a una autoridad eclesiástica vasca decir que todos debemos poner nuestro granito de arena para construir la paz. Se me ocurre que una buena manera de construir la paz podría ser acabar con el ejemplo fratricida que está dando la iglesia guipuzcoana. Una aportación práctica podría ser obtener la reconciliación en esa diócesis y acabar con los comunicados a la prensa, la incomunicación entre sacerdotes de uno y otro bando, y el consiguiente divorcio entre obispo y determinados fieles y presbíteros. Si lo consiguen, estoy seguro de que sería un ejemplo que muchos agradeceríamos.
Me pregunto qué pasa en Gipuzkoa: no hay un ámbito social en el que no haya bronca. No hay manera de obtener un acuerdo. Menos mal que ante las broncas guipuzcoanas y el victimismo alavés, felizmente, está el ejemplo de los vizcaínos, a los que, lejos de criticar, deberíamos preguntar: ¿cómo lo hacéis, para que os copiemos?… Lo dice un donostiarra que vive feliz en Gasteiz.
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Escocia. Cada vez que habla un dirigente británico, sea Cameron, Brown o la propia reina desmienten cada día a Rajoy, que, tarde o temprano, no va a tener más remedio que ofrecer algo a Cataluña, y que siempre será mejor que lo actual. En ese sentido, Cataluña tiene la batalla ganada. Otra cosa es la consulta y la independencia, de la que estoy convencida de que si fuera legal y acordada implicaría, lo mismo que en Euskadi, un NO. Entonces, ¿para qué invertir tanto tiempo en ello?… Observo también que en Irlanda del Norte no pasa nada, muy a pesar de estar el Sinn Fein gobernando en coalición. Por algo será.
¿Por qué digo que no en Euskadi?, porque el modelo de sociedad final de unos y otros divide radicalmente a los nacionalistas vascos. Divide y paraliza. Hay muchos nacionalistas que no quisieran ir con los otros ni a heredar. Y esto es válido en ambos sentidos. El temor a una “mayoría social” que trataría de imponerse a la mayoría electoral me parece, hoy, un argumento decisivo contra el derecho a decidir y la independencia. Mientras tanto, seguiremos haciendo como que hacemos.

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