Eugenio Ibarzabal

Historia de Irma la Duce, o el papa Francisco.

Posted by on Feb 07 2015, in Sin categoría

Leo “The Great Reformer: Francis and the making of a radical Pope”, de Austen Ivereigh. Tras el Concilio llega a Argentina una explosión, que no todos aceptan: algunos porque se quejan de que se quiere cambiar mucho y otros porque es muy poco. Cuidado con las élites, dirá Bergoglio. Las falsas reformas tienen como origen a gentes cerradas en su propio círculo. Él cree que la unidad es más importante que el conflicto; el conjunto más que la parte; la realidad más que las ideas personales; y el tiempo más que el espacio. Sus alumnos le llaman “Irma la Dulce”, porque reprende y toma decisiones sin mostrar enfado alguno. Luego se convertirá en un ser inescrutable.
Para Bergoglio la verdadera reforma debe enraizarse en la gente creyente ordinaria, que es para él un miembro activo, no alguien que debe ser concienciado. No pretender ser la voz del pueblo. La pregunta es siempre la misma: ¿qué es lo que esta gente quiere de mí?… Recuerda al perfil ignaciano: “es capaz de captar lo que todavía no le habías dicho…y ayudarte en lo que tú no habías ni empezado a pensar”. No es de los que predican a los pobres pero evitan su contacto. Cuando un sacerdote no puede ser reemplazado, Bergoglio siempre está dispuesto. Nunca coge vacaciones. Es muy popular entre los humildes y enfermos. Sabe cocinar.
Francisco en el tren
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Algunos jesuitas justifican la violencia y la ven como inevitable: “nosotros debemos luchar por la liberación de los oprimidos aunque cometamos el pecado de violencia”. Cientos de jóvenes de Acción Católica se pasan a los montoneros. Entre 1969 y 1979 los grupos radicales van a llegar a matar a más de ochocientas personas y secuestrar a 1748. La influencia de algunos jesuitas entre los montoneros es grande. En 1973 se producen elecciones libres. La Juventud Peronista se divide en anticomunistas, izquierdistas y moderados. Bergoglio estaría más cercano a ese tercer grupo. Un grupo de jesuitas pide sustituir al provincial, a lo que Arrupe accede. Es elegido Bergoglio, un hombre de equilibrio, que quiere mantener la independencia de la dimensión religiosa. “Piloto en la tormenta”. Tiene 36 años.
La derecha peronista dispara en el mismo aeropuerto de Ezeiza a la llegada de su líder: mueren 16 montoneros y se producen 433 heridos. Es el nacimiento de la Tripe A. La espiral ya no tendrá fin.
Trata de despolitizar, pero se granjea enemigos de ambas partes. Denuncia el escepticismo, el individualismo, el racionalismo y el amor por la novedad. Insiste en la necesidad de ser independiente, de no convertirse en un político ni en un mero trabajador social. Opción por los pobres reales, que no pasa por el marxismo. Acusa a los conservadores de no tener compromiso social, y a la izquierda de plegarse al marxismo.
Perón muere e Isabelita toma el poder. En los primeros siete meses de 1975 matan a 450 personas y se producen dos mil desapariciones, que no hacen sino legitimar a la guerrilla. El Gobierno aprueba un decreto que permite “acabar con la subversión como sea”. Todo ello es aprobado por un gobierno elegido democráticamente, con el apoyo de la mayoría de los partidos y de la sociedad. Del 76 al 78 las guerrillas matan a 748 personas y efectúan más de dos mil operaciones. Llega el golpe. A partir de ahí, todo es hoy ya conocido: 8.368 muertos y desaparecidos entre 1969 y 1983. En 1977 la Iglesia comienza a denunciar lo que está sucediendo, pero las guerrillas matan a un almirante, y es acusada de dar cobertura y justificar el terrorismo. ¿Qué hacer?… La propia Iglesia va a sufrir 20 muertos, 84 desaparecidos y 67 exiliados.
Bergoglio decide proteger a los jesuitas y asistir a las victimas de la represión. Mantiene contactos con todos: “fui donde las personas que podían hacer algo, fueran partidarios de los derechos humanos o no, tuvieran relación con la policía y las fuerzas armadas o no”. Ayuda a escapar.
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Portada Francisco
A mediados de 1980 es acusado de complicidad con la Dictadura: Bergoglio habría dado el visto bueno, dicen, para la detención de dos jesuitas: Jalics y Yorio. Yalics reconocería años más tarde que la acusación no era cierta, pero Yorio, que abandonó la Orden, murió pensando que había sido traicionado. Adolfo Perez Esquivel defenderá a Bergoglio. Pero los rumores de los enemigos hechos en estos años generan una imagen de ser un hombre no de fiar en el seno de la Compañía. Le acusan de autoritario, retrógado, derechista y generador de divisiones. Acepta las críticas de autoritario, pero no así las demás. El siempre ha dicho que cada decisión tiene una consecuencia. Su visión es tachada de sacramentalista, acrítica y asistencialista, de preferir las sandalias a los libros. Ha tenido mucho éxito: las vocaciones se incrementan, pero ha provocado también resentimiento. Hay quienes esta manera de actuar agrada: para Bergoglio, una vez tomada una decisión, no hay vuelta atrás. Los suyos saben que él no caerá en el “habríaquehacerismo”.

Cuatro principios constantes:
– la unidad es más importante que el conflicto.
– la realidad es más importante que las ideas.
– el todo es más importante que las partes.
– el tiempo es más importante que el espacio.

Dentro de la Compañía ya no tiene futuro. De espiritualidad ignaciana, en la práctica deja de ser un jesuita. En veinte años siguientes nunca paró en una residencia de jesuitas. Sus relaciones solo se renovarán tras ser nombrado papa.
Es la Iglesia quien le recoge. Se convierte en el político argentino más astuto desde Perón. Critica a los “piqueteros”. Kirchner y su mujer, muy cercanos a los montoneros en su juventud, lo odian. Su entendimiento con Kirchner es nulo, y con Cristina es aún peor. Pero él mantiene sus ideas muy claras, de la misma manera que, siendo Papa, y a pesar de que los conservadores le digan que Jesús sólo lo hiciera con sus apóstoles, limpia los pies a una mujer serbia y musulmana. Y es que si algo tiene “Irma la Dulce” es criterio propio, pies en el suelo y capacidad de aguante. Ahora termina en la Roma que representa lo que más detesta: lujo, ostentación, burocracia e hipocresía. Queda el capítulo final.
Termino el libro y me digo: eso es vida.

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