Eugenio Ibarzabal

Desde Italia

Posted by on Dic 20 2010, in Sin categoría

Vuelvo de Italia donde he estado desconectado del mundo durante quince días, trabajando con cuarenta líderes de todo el mundo, pertenecientes a una orden religiosa femenina. Primero en Roma y luego en Orvieto, una pequeña localidad en la Umbria, a medio camino entre Roma y Florencia. Decir que es preciosa es muy poco. Su catedral es maravillosa, lástima que tan sólo pudiera entrar en un día un tanto tristón, porque la luz del sol, al entrar en su interior, la convierte en un espectáculo completamente diferente.

En el centro de las luchas entre güelfos y gibelinos, Orvieto pasa más tarde a ser parte de los Estados vaticanos, luego del imperio napoleónico, es autónoma por un tiempo, para entrar finalmente a formar parte del estado italiano. De su etapa bajo el papado, le ha quedado un resabio fuertemente anticlerical y de izquierda. Y allí, en un centro de retiro llamado San Ludovico, me he visto facilitando varios grupos de trabajo en tres lenguas, lo que ha constituido para mí una auténtica inmersión en el interior de una organización religiosa.

— () —No voy a negar que me acercaba con respeto: ¿tenía yo algo que decir a una organización que ha conseguido sobrevivir más de cuatrocientos años, algunos de ellos bajo la persecución y el destierro?…

No puedo negar que algunas de las personas que he conocido me han impresionado vivamente. No hablaban de pobreza, sino que vivían pobremente. No hacían referencia a la opción por los pobres, sino que uno podía fácilmente imaginarse que allí donde estaban eran unas más de ellos. Pudiendo estar fuera de la congregación, seguían dentro. Mientras con la misma edad, por ejemplo en nuestro país, podían estar viviendo cómodamente jubiladas, seguían viviendo con pasión su compromiso de juventud.

A pesar de encontrarme con niveles culturales, países, historias y lenguas diferentes, lo cierto es que a algunas de ellas me parecía conocerlas de toda la vida, y a otras no. Había con quienes uno conectaba de inmediato, y otras con las que no llegué a conectar en ningún momento.


— () —

Al mismo tiempo observé la diferencia de ritmos al trabajar, lo que ya había advertido al facilitar equipos de alguna otra organización religiosa. Hay otra cadencia, mucho más lenta, y sobre todo, una manera distinta de tomar decisiones y avanzar. Su manera de discernir es otra. Ante eso solo cabía por mi parte respetar lo que tenía delante, asumir la realidad y comerme el ego, un ejercicio que siempre viene muy bien.

Hubo momentos de crisis y momentos de luz, aunque no fui capaz de preverlas; me sorprendieron, en un caso y en otro. También observé la dificultad de soltar prejuicios, congeniar y trabajar juntos laicos y religiosos. Por ambas partes.

Mi mayor sorpresa vino al final, con las africanas. Además de sus tres idiomas originales, hablaban francés y algunas se entendían en español y en inglés. Seis idiomas. Su capacidad para ver la vida con alegría, a pesar de vivir entre guerras de una ferocidad inaudita, hacía que los problemas de la sociedad en la que yo vivía quedaran simplemente en nada. Pero lo más curioso es que, tras escucharme, me invitaron a trabajar con ellas en Congo y Tanzania. Les dije que tenía miedo de que, al no conocer nada de su cultura, mis consideraciones y experiencias les fueran poco útiles. Me contestaron que me habían escuchado atentamente y que su invitación era la mejor respuesta. Cuando observaron que tenía otro tipo de miedo, me dijeron:
“Estamos en guerra, es verdad; pero si sucede algo te vestimos de sacerdote y nos vamos a la selva”… Y se rieron. Se reían siempre, por cualquier motivo. Esta vez noté que se reían de mí, un rico europeo asustado.

Siempre me ha parecido que hay un planeta de la mejora, donde las claves no son las edades, ni las ideologías políticas, ni el género, ni los ambientes culturales de las personas. Lo que nos une a algunos es simplemente la pasión de mejorar.


— () —

Vuelvo a casa y pregunto por las últimas noticias de los periódicos. Unos cuantos fallecimientos y cuatro chismes. Leo algún periódico de hace unos días y observo que lo que dice ya no vale. Me doy cuenta de la frecuencia con que me alimento de informaciones que, a la semana, ya no valen; publicidad interesada de unos y otros presentada como información de “vital interés” para mí.

No tengo una opinión formada sobre Wikileaks. Por una parte veo un canto a la mayor transparencia informativa, que comparto, pero por otro, leyendo la historia de Julian Assange, lejos de una lucha por la transparencia, veo un intento de destruir el sistema. Y la verdad es que apelo a la prudencia. No me gusta el sistema actual, pero no estoy dispuesto a echarlo a la basura sin saber cuál es la alternativa que me proponen. Se pueden discutir los niveles de transparencia, pero pongo por delante que no creo en la transparencia total. Y si queremos controles para financieros, también los necesitamos para aquellos que puedan hacer de la transparencia un medio para cometer cualquier barbaridad. No se trata solo de conseguir el bien, sino, en ocasiones, simplemente, de evitar el mal.

Es muy posible que el libro que prepara el entorno que recientemente se ha separado de Julian Assange, nos pueda dar más luz al respecto. En todo caso, hay un antes y un después tras lo ocurrido con Wikileaks.

Comments

  • Muy interesante la experiencia que cuentas con los religiosos africanos. La verdad es que supongo que la perspectiva de la crisis y los problemas de la sociedad europea se redimensionan.
    En cuanto a wikileaks, no creo que la figura de Julian Assange sea lo principal en este tema. Sin embargo las manifestaciones de politicos de todo el mundo llegando incluso a hablar de la necesidad de asesinar a este periodista me parecen MUY GRAVES. Seguramente es imposible la transparencia total, pero con una ciudadania cada vez mejor preparada, opino que los niveles de transparencia de los organismos públicos deberían incrementarse.

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