Eugenio Ibarzabal

Lo que he aprendido de Juan Ajuriagerra, el Hermano Mayor.

Posted by on Ago 30 2018

Se cumplen cuarenta años de la muerte de Juan Ajuriagerra. Comencé hace un año a investigar. Había mantenido una entrevista con él, tres meses antes de su muerte. Me dejó, literalmente, con las ganas. Constaté luego la importancia que su entrega a las autoridades franquistas tuvo entre los suyos. Entonces me entraron aún más ganas de aprender.

Constaté que apenas sabía nada, más allá del respeto compartido por casi todas las personas que lo conocieron, que coincidían también en resaltar su carácter seco y autoritario. Escuché también muchas barbaridades contra él. En lo fundamental, le tildaban de hombre de partido, en la peor acepción del término.

He aquí algunas de las lecciones que he aprendido.

1.- Su capacidad para identificar bien lo que la mayoría piensa, por más que una minoría pueda hacer ruido y aparentar que representa y tiene más poder que los demás. Confía en el sentido común de la gente, aunque, en principio, ésta no se manifieste y más bien calle. Una cosa es la clandestinidad, otra la opinión de la gente; lo que, traducido a un mundo actual, significa: una cosa son las quejas, los discursos públicos y la crispación, y otra la respuesta final, pues el centro de gravedad social puede estar en otra parte. Ver lo que no se ve.
Hay en él una visión optimista de las personas, lo que, teniendo en cuenta las penalidades que sufrió, da mucho que pensar.

2.- Lo anterior se concreta en una verdadera obsesión por mantenerse bien informado. Pero de una manera metódica. Es un hombre que escucha mucho, lo dice todo el mundo. Pregunta e indaga. Constantemente. Pero observo también que a los suyos les dice con frecuencia: quiero tus datos, no tus opiniones. Por tanto, escucha a quien, por lo que sea, sabe de lo que habla y tiene algo que decir.

Hay quien tiene opinión, hay quien dispone de información y datos, y hay quien de esa opinión y de esos datos se hace su propia opinión.
Y, eso sí, llegado el momento, decide y no hay ya más que hablar. Si algo le saca de quicio es escuchar a los de “sí, pero”, “no, pero” y “antes hay que tener en cuenta”.

3.- Qué fácil es, ochenta años más tarde, decir a otros lo que había que haber hecho y lo que no. Si algo caracteriza a los primeros días de la sublevación franquista y al trabajo político en clandestinidad posterior es la confusión, la carencia de información contrastada, el griterío de los extremistas y la irrupción agotadora de los sentimientos, intereses personales y familiares. Algunos luego no solo lo observan desde un cómodo despacho, sin peligro alguno, sino que se creen capaces de juzgar porque conocen el final. Eso es trampa.

Siempre recuerdo en mi tiempo a uno que solía decir: “yo ya lo dije”, cuando lo cierto es que nadie se acordaba de que, en su momento, hubiera dicho absolutamente nada. Cuando se toman decisiones en política, no se dominan todas las variables. Se actúa sobre las que se puede, que, en ocasiones, son pocas.

Lo importante es trabajar sobre el margen de maniobra que uno tiene, y no distraerse a propósito de lo que no se puede. Hacer solo lo que se puede, pero, eso sí, todo lo que se puede.

4.- Ajuriagerra fue un perdedor, una y otra vez, a lo largo de más de cuarenta años, y, sin embargo, tenemos la impresión de que terminó ganando. Eso me hace pensar: ¿cuándo es el momento de efectuar los balances? ¿Tras la guerra, en 1951, en 1958, con la llegada de la democracia, a su muerte, diez, cuarenta años después?

Constantemente me surgía la pregunta: ¿qué hubiera hecho yo en su lugar? Tengo que reconocer que ha sido para mí una lección de humildad, pero también de constatación de la época privilegiada que me ha tocado vivir. ¿Qué sentido tienen muchas de nuestras quejas actuales, si se comparan con la tragedia que otros tuvieron que sufrir? De verdad, me da un poco de vergüenza y unas enormes ganas de callar. ¿Hubo un tiempo de mayor precariedad?

También he aprendido que hay muchos modos de liderar personas. Dicen que Agirre se hacía querer, y que Ajuriagerra se hacía obedecer. Pero hay más. Pocas veces se advierte tan claro que la autoridad moral, al final, pese a todo, funciona. Y más aún en las circunstancias en las que le tocó trabajar. Una cosa es tener autoridad y otra ser autoridad. A lo largo de la mayor parte de su vida, Ajuriagerra es autoridad, y no tiene más instrumentos de mando que la capacidad de escucha, de análisis y su ejemplo. Poco más. Con esos pocos mimbres resiste las peores tormentas y construye las alternativas que han regido hasta ahora.

Porque el líder es alguien al que los demás siguen. Por lo que sea.

6.- Ajuriagerra está tomando decisiones en caliente en 1936, al final de la guerra en 1937, en la cárcel hasta 1943, en clandestinidad hasta 1951, en el exilio hasta 1953, de nuevo trabajando en el interior en los cincuenta, frente al enfrentamiento con EKIN en 1958, tratando de reorganizar lo poco que hay bajo el imperio de un franquismo triunfante en los sesenta, evitando más violencia y sufrimiento en los setenta, construyendo alternativas políticas al final del franquismo, e intentando llegar a acuerdos con la llegada de la democracia en España. Son 43 años de presencia activa en política, tomando decisiones, en situaciones siempre críticas. Solo por eso ya es alguien que no tiene, que yo sepa, parangón.

Él me decía aquel día: habremos cometido errores, pero nunca con mala fe. Cuando se repasa su historia, ¿dónde están, en su caso, los errores que puedan ser calificados de verdaderamente graves? Y, al tiempo, ¿de qué ha de habría de arrepentirse? Puestos a juzgar, ¿de quién se puede decir lo mismo?

En ocasiones observamos los logros de algunos, pero no tenemos en cuenta los sufrimientos que, debido a errores o faltas, esos mismos han podido provocar. Me llama la atención en Ajuriagerra que siempre trató de evitar más sufrimiento. Es una persona radicalmente moderada.

7.- Observo sus declaraciones a lo largo de los años. No hay gritos, frases necias, barbaridades. Piensa antes de hablar. Actúa en consecuencia. Pensar, hablar y hacer. En su caso, hay una coherencia entre las tres cosas. Y vuelta a empezar. Ese, y no otro, es el verdadero círculo de la excelencia.

Julio Caro Baroja me decía en cierta ocasión que, en la España del 36, había muy pocos demócratas. Ajuriagerra era uno de sus pocos. Los líderes de la izquierda española de aquel tiempo se han arrepentido luego de muchas de las acciones que protagonizaron. La derecha está aún por hacerlo.

Por eso, en aquel caos, luchadores como Ajuriagerra son doblemente ejemplares, por ser verdaderos demócratas y por ser minoritarios. Su trabajo ha servido para ensamblar, acordar y servir de puente y ejemplo. Sea cual sea el cristal con el que se mire, hay quien aguanta y quién no. Ajuriagerra es uno de los que aguantan.

8.- He tratado de estudiar día a día algunos de los avatares más difíciles, como el de la capitulación de Santoña, y he llegado a la conclusión de que, si fracasa es, en parte, por el afán de Ajuriagerra de no dejar en tierra a miles de evacuados y heridos, presa de exaltados que bien podrían haber cometido barbaridades en Santander.

Hay algo en su actuación que parece proclamar: vamos a intentar salvamos todos, no uno a uno, porque lo que es bueno para todos también ha de serlo para uno. Si cada uno piensa en sí mismo, nos ahogaremos todos. Y tengo la impresión de que, mirado así, si bien no logró lo que pretendía, consiguió, una vez más, evitar aún más sufrimiento. Había que elegir, como tantas veces en la vida, por el sufrimiento menor.

9.- Me he preguntado varias veces a lo largo de la investigación: ¿qué hubiera sucedido si Ajuriagerra decide no volver, no ya en 1937, sino en 1953? Sinceramente, creo que el PNV habría perdido su liderazgo, la experiencia anterior habría sido olvidada y marginada, y los nuevos resistentes habrían comenzado de cero. Un verdadero desastre.

En esa línea, creo que queda mucho más clarificado el nacimiento de ETA, que, al final, no es tanto una lucha ideológica y generacional, sino de motivación personal y de poder.

10.- Me llama la atención su austeridad. Monta empresas para no vivir a costa de su partido y gasta lo menos posible del dinero de los demás. Me he reído con una anécdota de Txiki Benegas, que cuenta cómo no pudo conseguir que los dos fueran en coche-cama hasta París, camino de Estrasburgo, en una reunión del Parlamento europeo, durmiendo, finalmente, en sendas literas.

Pero todavía hay algo más; Benegas se sorprende al comprobar que Ajuriagerra llega al tren con un par de bocadillos, uno para Benegas y otro para él, en lugar de tener que gastar dinero en una cena. Los bocadillos, dice, eran, además, bien sabrosos.
Sí, de verdad, eran otros tiempos, aunque solo sea por una razón: porque se trataba de otro tipo de personas.

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La guerra agranda las virtudes y defectos de Ajuriagerra. Le marca definitivamente. Se convierte en un hombre cada vez más resolutivo, con más capacidad de escucha, más austero y sacrificado, más activo y aún más vital.

Al tiempo, es también más hosco, más seco y, como él mismo diría, aún más cacique. Pero los que tienen la suerte de tratarle en más de una ocasión, descubren también en él una ternura especial. Lo recuerdo bien a lo largo de aquellas dos horas que me dedicó. Creo que, si ibas con buena intención, lo palpaba de inmediato, y, de este modo, lo tenías ganado. Pero eso significa que, en el fondo, no había en él más que un profundo mar de buena intención.

Koldo Mitxelena se refería a él como el Hermano mayor. Me ha gustado la expresión. Muy a pesar de que el tiempo termine por igualar a todos, dice Mitxelena, los suyos terminaron colocando a Ajuriagerra un poco más arriba que los demás, como el mejor de todos, como el Hermano mayor.

Cuando el odio llega

Posted by on Nov 19 2017

Hace años leí una frase de Elie Wiesel, un superviviente del Holocausto, Premio Nobel de la Paz en el año 1986. Decía así: “cuando llega el odio, ya es demasiado tarde”. Me llamó la atención. Cuando se llega a un cierto punto, venía a expresar, ya no hay retorno. Esa era su experiencia.

Fue verdad en el caso del País Vasco, y así se explica la gravedad y la duración de las barbaridades que todos conocemos, y he tenido la misma impresión ahora, cuando sigo lo que está sucediendo en Cataluña.
Hay un límite que se traspasa cuando llegamos a odiar. No hay, al menos a corto plazo, vuelta atrás. Esto vale para la política, para los países y para las personas. Entramos en un terreno desconocido y en el que la referencia fundamental no es uno sino el otro. No es lo que uno de verdad quiere, sino lo que pienso que el otro me ha hecho. Ya no mando yo, sino una idea del otro.

He seguido la información fundamental a través de “La Vanguardia”. Y lo que más me ha llamado la atención ha sido observar el tono posterior de los comentarios de los lectores.

Es el inconfundible sabor del odio. Pocas veces he visto semejante cantidad de barbaridades, falta de respeto, ánimo de venganza, insultos de todo tipo, muestras de machismo y comentarios procaces reflejados en tan poco espacio. Leía los primeros comentarios anonadado y pasaba a los segundos pensando que, tal vez, habría algún ejemplo de serenidad, pero lo cierto es que los siguientes eran aún peores, aunque no tan graves como los que venían a continuación. Qué mal me ha hecho su lectura. Y si los lees un día y otro, tratando de observar una tendencia, lo único que obtienes es que cada día es peor que el anterior. Más odio que ayer pero menos que mañana. Al mismo tiempo, advertía que si no era capaz de decirme a mí mismo: para, déjalo, no leas ni uno solo más de esos comentarios, volvía a leerlos. Descubría así una cierta adicción en su lectura.

¿Por qué se permite su publicación? ¿Hay derecho a manifestar tal odio contra el otro, de manera anónima? Creo, de verdad, que no lo hay. Deberían ser juzgados como delitos.

No son más que reflejo del propio odio. Nada más. Se advierte, además, que generan aún más odio en los demás. No aporta más. Es el único fruto de tal ejercicio de “libertad de expresión”: más odio. ¿En nombre, pues, de qué valor superior se publican esos comentarios?

También me ha sorprendido ver cómo hay quien introduce sus propias opiniones, en muchas ocasiones insultantes contra los que no piensan como ellos, en chats de los que uno forma parte y cuya finalidad es compartir opiniones e informaciones sobre temas que nada tienen que ver con lo que, de repente, nos encontramos, sin que el administrador de turno haga algo más que decir que “se recuerda que este chat no está abierto a temas ajenos a los que nos ocupan; se ruega abstenerse”. ¿Cómo es que se recuerda, cómo es que se ruega? ¿Por qué no lo borras de inmediato, si eres la persona que lo administra?

¿Les ha ocurrido en estos días que alguien se acerca y te pregunta qué es lo que piensas sobre Cataluña? Sin darte tiempo a contestar te dicen que no entienden nada, pero, repentinamente, hete aquí que parecen entenderlo todo, pues te sueltan una barbaridad tras otra sin darte oportunidad de matización alguna. Tu opinión, observas, les importa un bledo; se trata de un asalto a tu intimidad, sin respeto alguno a tu propia opinión.

Un mero ejercicio de odio.

¿Y han observado, si dices algo que les incomoda, que de inmediato te sueltan un juicio de tipo moral, sobre lo que está bien o lo que está mal a propósito de Cataluña? ¿Han advertido una acusación solapada que viene a decir que o se está con unos o con otros, que observan ambigüedad en ti, que no eres claro, porque ser claro es pensar como piensan ellos? Pero, ¿desde cuándo se consideran autoridad moral para proclamar lo que lo que está bien o está mal?…

¿Y a mí que me importa su juicio moral? ¿No habían empezado la conversación preguntando por mi opinión? Ya digo, no les importa nada. Hace un tiempo criticábamos a los viejos curas, afirmando que quiénes eran ellos para decirle a uno qué está bien o qué está mal. Pues bien, ahora observo que hay un montón de nuevos curas que consideran que le pueden decir a uno lo que les venga en gana, muy a pesar de que no se les haya preguntado nada, ni se les otorgue autoridad moral alguna, ni pisen templo alguno desde hace años. ¿Han observado los juicios morales de políticos y tertulianos?

¿Por qué tenemos que aguantar, educadamente, el odio de los demás?

El odio ha hecho aparición en nuestras vidas, se siente seguro y se cree con derecho sobre nosotros. Aduce legalidad, a veces desahogo y en todo caso libertad de expresión.

Pero, he de reconocerlo, me afecta. Me sorprendo a mí mismo al recoger las hojas muertas del jardín y observar los pensamientos que me llegan a la cabeza. Sí, son pensamientos contra otros. Sí, es odio. ¿También yo? Y en ese momento recuerdo la proclamación del Estat Catalá en Barcelona por el President Companys en octubre de 1934, los sesenta muertos tras los cañonazos del Ejército dirigido por el general Batet, la represión de Asturias (dos mil muertos), el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 y lo ocurrido el 18 de Julio de ese mismo año. Ese es el balance del odio en España.

¿Conocen la historia del general Batet? Era catalán, hizo lo imposible para evitar la intentona de Companys, la reprimió como mejor pudo, y en febrero de 1937, por haberse proclamado leal a la República, fue condenado a muerte y fusilado por Franco en Burgos.

Y es que, llegado el odio, no perdona nada ni a nadie. Si en algo estarían de acuerdo los testigos de aquella época, sean de un bando o de otro, es que el odio llegó a dominarlo todo.

Hace unas semanas un joven deportista catalán dijo que la situación podía dar lugar a una guerra civil. Le llamaron descerebrado. ¿Quién lo está más? ¿Quien lo teme y anuncia o quien se ríe y continúa insultando, como si no hubiera posibilidad alguna de que pasara algo aún más grave?

A veces pienso que si no fuera porque formamos parte de la Unión Europea y no existieran medios de comunicación europeos independientes, redes sociales y televisión, el escenario podría ser ya bien diferente.

Me pregunto cómo ha surgido tal odio, desde cuándo, quiénes fueron los responsables, por qué lo hicieron. Porque las responsabilidades son individuales. Son personas concretas. Cada cual sabe cuándo y porqué tocó allí donde hacía mal, en lugar, ya no de tocar donde hacía bien, lo que es tal vez mucho pedir, sino de callar, que lo es bastante menos. La única aportación de algunos, tras de lo que han dicho, ha sido dejarlo un poquito peor de lo que estaba un minuto antes.

Día a día. Durante años.

¿Sabían que la situación iba a llegar hasta donde ha llegado? De saberlo, ¿hubieran obrado igual? Llegados a este punto, ¿van a poder dar marcha atrás? ¿Cuántos personajillos públicos de hoy deben su posición exclusivamente al odio que manifiestan contra los que no piensan como ellos, a jalear lo peor que llevamos dentro? ¿A cuántos se les podría preguntar, además de insultar, qué más sabe Vd. hacer?

Quizá lo único que hemos aprendido es, primero, que conviene frenar un metro antes. Dicho de otra manera: por lo que más quieras, PARA; aunque solo sea por un momento, PIENSA las posibles consecuencias y PARA. Y ante la duda, CALLA.

Y segundo, atreverse a decir: déjame en PAZ.

Que cada cual lo aplique donde más quiera y más le duela.

N.B. El odio es como la niebla: no deja ver lo que tienes delante. Es una fotografía de hoy mismo desde el Mendaur, en Ituren (Navarra)

Balance de un retiro

Posted by on Oct 21 2017

Llevo un tiempo retirado. Observo que mis expectativas de cuando comencé y la realidad de lo que ha sucedido no han coincidido del todo. Pero algo sí se ha cumplido: el teléfono ha dejado de sonar. Ha vuelto a suceder. Otra vez.

Antes se produjo con mi salida de la vida política, luego con el abandono de la consultoría. Uno sabe que va a suceder, y, sin embargo, el ego se resiente. Pero es solo el ego.

Se ha producido algo muy sencillo: lo que tú hacías antes, hoy lo puede hacer otro. Incluso mejor. En este sentido, no ha hecho sino funcionar la ley de la oferta y la demanda. Te han sustituido. Pero, en otro sentido, también es una llamada a darte más.

Es por eso por lo que me pregunto qué puedo hacer más, pero observo que la pregunta está mal planteada. La verdadera pregunta no es esa sino qué otra cosa, diferente de la anterior, puedo ahora hacer, pues la anterior ya está hecha y nadie parece que la demande.

He pasado la vida tratando de anticiparme, planificar el futuro y luchar con las dificultades que, en muchas ocasiones, ahora lo sé, yo mismo he creado. Ahora, al preguntarme qué es lo otro, la respuesta que me llega comienza siempre por el verbo aceptar.

– Aceptar significa dejar que la vida mande. Ver lo que en un principio no se ve. Observarla, advertir lo que me ofrece, descubrir, adecuarme y probar. Seguir hasta donde eso nuevo me lleve. Dejar de luchar contra la vida. Dejar de tratar de dominarla. En mi caso, tiene mucho que ver con la humildad, y ahora observo que lo anterior guardaba mucha relación con la soberbia. Sí, dejarme llevar. En el fondo, confiar, pues hasta ahora, advierto, solo confiaba en mí. ¡Y qué cansado era!

– Aceptar significa servir, aprender y obedecer. Qué descanso me produce dejar de enseñar y dejar de mandar. Trabajar como voluntario me enseña, entre otras cosas, a aprender de otros con más experiencia que yo y obedecer gustoso sus orientaciones. Qué descanso al transferir esa responsabilidad y aceptar de buen grado la que ahora se me ofrece.

– Aceptar significa aprender a disfrutar. Sí, ahora me doy cuenta de que nunca era el momento de disfrutar, siempre había algo que hacer, no era lo que tocaba. He de reconocer que todavía me cuesta escuchar un concierto por la mañana, o ver una película al mediodía. Algo me dice aún que a esas horas hay otras obligaciones que hacer, que toca lo que toca y que estoy malgastando mi tiempo. Pero luego me digo: ¿y por qué no?… Pruebo y observo el resultado.

– Aceptar tiene más que ver con el ser que con el hacer. No es tanto lo que haces, sino más bien cómo vives eso que haces. Es encontrar un sentido a lo que, en apariencia, puede ser triste, poco e incluso insignificante. Me he sorprendido cuando he observado a las noches que lo mejor del día ha sido quitar las hojas muertas del jardín.

– Aceptar significa volver a lo fundamental: cuidar la salud, amar, cubrir las necesidades básicas y crear. Y observo que eso me basta.

– Aceptar significa orden, aceptar un nuevo orden en mi vida.

– Aceptar significa que el último libro o artículo que he escrito puede ser el último, y que, si es así, no pasa nada. El mundo puede continuar sin mí. Mi vida no depende de mi presencia ni de mi grado de influencia en los demás. Aceptar que no se tiene nada más que decir significa que uno se ha agotado, lo que no tiene por qué ser malo, pues significa que, felizmente, lo ha dado ya todo, fuera eso mucho o poco.

– Y aceptar significa dar las gracias. Hace poco me encontré en Roncesvalles con un peregrino que venía de Salzburgo. Hablamos. Era la tercera vez que hacía el Camino. Le pregunté el por qué; para dar las gracias, me respondió, pues se consideraba alguien bendecido por la vida. Sonreía al hablar. Le comenté que nos encontraríamos a los días en Obanos, pero me dijo que no, pues esta vez lo dejaba para marchar a París, donde le esperaba una señora que, a su vez, llegaba de Friburgo. Esta vez sonreímos los dos. Dar las gracias es un modo de ver la vida; la contraria de quejarse. Al dar las gracias acepto la vida, al quejarme vuelvo a luchar contra ella.

Sí, he cambiado en este tiempo. Lo dicho hasta ahora puede parecer que lo he conseguido, que soy otro, pero no es así. Estoy ahí. Voy y vengo. Acepto y me rebelo. Pero sé que cuando el ego se rebela -el ego es otro, no soy yo- su queja me hace daño, pero la aceptación, por el contrario, me sienta bien.

N.B. Las fotografías corresponden a un concierto de jazz en Puente La Reina- Gares.

El demonio existe.

Posted by on Jun 25 2017

Me confiesa que le duele mucho el pie y que tiene que dar el camino por terminado. Me sorprende la seguridad con la que lo dice. Le contesto que la puedo acompañar hasta un médico, que tal vez sea menos de lo que teme y que con un descanso de un par de días es posible que pueda reanudar la marcha. Se reafirma en que no.

Es alta y fuerte. Suiza. Genevieve. Me llama la atención su pelo alborotado, sin que uno sepa muy bien si es su pelo o más bien ella quien se resiste al peine. Tendrá unos cuarenta y tantos años.

Parece tenerlo todo arreglado. Marchará a Sevilla, lo que me sorprende, y cuando se recupere irá a León y desde allí terminará el camino. Me pide ayuda para encontrar la mejor combinación, pero para cuando empiezo a enterarme de algo observo que lo tiene todo ya organizado.

Me pregunta por mí y por mi ocupación, lo que no es para nada habitual. Y cuando le confieso que escribo parece aún más interesada en continuar con la conversación.

-El médico me dijo: o caminas o te hinchas a pastillas. Y decidí caminar.

Intuyo que ha sufrido una depresión, o tal vez la sufra todavía, aunque lo que de verdad aprecio en ella es un entusiasmo al hablar que nada parece tener que ver con el abatimiento previo.

A su hermana la mató su marido con un cuchillo. Pero lo organizó de tal modo, dejando pistas previas, que pudo aducir enajenación mental al ser detenido, y quedó libre al muy poco tiempo. Era un gran abogado. Genevieve luchó, pero fue imposible demostrar que lo sucedido no era sino un crimen para quedarse con el dinero de la esposa. En un momento del juicio cruzó la mirada con la de su cuñado, y pudo observar una sonrisa, tan leve como imposible de ser captada por cámara alguna. Se estaba riendo de ella y ella lo sabía. Finalmente, iba a ser el triunfador.

Meses más tarde la madre de Genevieve se suicidó. Apareció asfixiada en su coche. Al principio ella pensó que aquella decisión era consecuencia de la depresión que sufría tras la muerte de su hija.

Pero la sorpresa posterior fue aun peor.

La policía descubrió que su marido había comprado el kit de helio con el que su madre se había dado muerte. La policía lo acusó de inducción al suicidio. Pero nunca pudo demostrarlo. Quedó libre y con el dinero de la madre, cometido al que se había dedicado con intensidad en los meses anteriores.

En un plazo de dos años Genevieve se quedó sin hermana, sin madre y sin dinero. En ese momento su marido la abandonó.

-¿Has oído hablar de la historia de Job?, me pregunta. Sí, claro, le contesto.

– El demonio existe, y me ha tocado a mí.

Ahora la veo caminar muy lento. Cojea. Es evidente que se ha dañado. Le acompaño en el coche hasta la estación.

-El médico me dijo: “o caminas o te hinchas a pastillas”, ¿lo recuerdas? El demonio lo sabía y no me va a dejar otra salida que hincharme a pastillas.
No soy capaz de decirle nada. Los dos miramos hacia la carretera, sin hablarnos. Sopla un fuerte viento.

De repente se vuelve a mí.

-¿Lo oyes?… Es el demonio. Está feliz. Por fin lo ha conseguido.

Y en ese momento sé que ella se ha entregado en sus brazos para siempre.

Nunca más hará el camino. Es inútil lo que yo le diga. Es más, observo que estoy deseando dejarla en la estación y despedirme de ella, pues puede arrastrarme también a mí.

Me mira ahora de una manera extraña. Sonríe. Una imagen me sobrecoge.

Ahora ella es el demonio.

-Mi corazón no puede seguir amando a la humanidad si ya no tiene personas a quien amar, dice casi sin mirarme.

Y, renqueando, desaparece.

Hoy me he emocionado.

Posted by on Jun 14 2017

Recibo como cada miércoles a los peregrinos que pasan por el pueblo y entran en la iglesia. Hace mucho calor y el paso de El Perdón, con esta temperatura, cansa a cualquiera.

Algunos se sientan en un banco con la mochila amarrada aún a su espalda. Vienen derrengados. Y empapados. Me acerco a ellos y les ayudo, si quieren, a desprenderse de su pesada mochila. Me miran sorprendidos, pero todos me lo agradecen. Advierto su sudor en mis manos. Pero no noto en mi rechazo alguno. El fresco y la penumbra hacen de la iglesia un lugar acogedor.

Se sientan, cierran los ojos y se quedan quietos, muy quietos. Sé que descansan. Me gusta verlos así, descansando. Hay también quien, de repente, dobla sus rodillas, hunde la cabeza entre sus manos y me parece que se dispone a rezar. ¿Qué pedirá? Observo sus caras. Son varios los que se levantan para encender alguna vela. ¿Cuál será su propósito?, ¿por quién la encenderán?, ¿alguien habrá encendido alguna vez, sin que yo lo sepa, una vela por mí?

Vidas que pasan por delante. ¿Qué les traerá hasta aquí desde tan lejos (hoy he apuntado cinco coreanos), o incluso repetir el viaje que ya hicieron hace diez años (como alguien de Castellón me ha confesado hoy)?

Respeto, pero, a la vez, noto una unión muy estrecha con ellos. Nos sonreímos y parece que nos entendemos sin necesidad de hablarnos. La palabra comunión recobra todo su sentido.

Hoy me he emocionado al escuchar cantar a un numeroso grupo de bávaros. Me han pedido permiso para quedarse luego un rato. Lo he hecho, a pesar de que era tarde. He notado que alguna de ellas no cantaba, pero que sí lloraba. Su compañero la cogía de la mano y sonreía.

Cuando han terminado de cantar, les he dado las gracias y he puesto la mano a la altura de mi corazón, como hacen los americanos, para compartir su emoción. Muchos me han mirado y asentido con la cabeza.

El momento era especial. Qué poco sentido tiene explicar su por qué. Bastaba con vivirlo, sin más, y sin que tuviera la más mínima duda de que esos instantes estaban haciendo que, por la noche, iba a decirme a mí mismo que, al menos hoy, había hecho el día.

Idoia Estornes: “hay que rebotar, rebotar y volver a rebotar”

Posted by on May 29 2017

Es un ser especial, en el mejor sentido de la expresión. Creo que a Idoia le va perfectamente la expresión “ser una observadora comprometida”. Hay algo de vidas paralelas entre ella y yo. Nos hemos encontrado en muchos momentos, vivido con intensidad algunos acontecimientos, apreciado mutuamente y, curiosamente, hemos terminado uniendo nuestras vidas a dos súbditos de la Corona británica que nos han hecho la mar de felices. Con su libro sobre ELA: “Cuando Marx visitó Loyola”, la historiadora se sitúa en su vertiente más académica. Aprecio su sinceridad y desparpajo, poco habitual en este país tan “correcto”, aunque yo diría más bien temeroso de llamar la atención.

Le pregunto por ese acontecimiento que marcó su vida.

– Cuando me sacaron de Chile y me trajeron aquí. Un aprendizaje de doble identidad. Importantísimo para mí. Tenía 16 años. Encontrar lo que me encontré no resultó estimulante, pues venía de la democracia. Pero me hago de inmediato al lugar en donde estoy.

Esto es algo que me encanta de ti: tu capacidad para adecuarte a las nuevas situaciones. A los sesenta y pico años por ejemplo, tras una separación, rehaces tu vida.

– A los 63 saco el carnet de conducir. Es que hay que rebotar, rebotar y rebotar. La piedra de toque fue la cincuentena. Conocía muchas leyendas negras sobre menopausias y miserias, gente que se hunde, sobre todo mujeres. Tropecé con un libro, “Fear of fifty” (Miedo a los 50), de Erica Jong, divertido, amenísimo, en el que Jong cuenta todo lo que hizo a partir de esa edad. “Es mi Biblia”, pensé, “esto es lo que voy a hacer”, aunque luego no fuera del todo así. Tenía varios desafíos: el tramo final de la Enciclopedia, la familia -que empezaba a decaer-, un hijo adolescente -que buscaba trabajo-, la pareja –en plena despedida-. Me iba quedando sola. Pensé: esto no puede ser. Regalaba ese libro a mis amigas.

Y les dijiste: hay que rebotar.

– Sí, hicimos grandes risas. Fue eso y el primer ordenador, conducir un coche, entrar en internet, al que me enganché muy pronto.

Hablas como si de un plan estratégico se tratara.

– Sí, lo hice de forma premeditada, con alevosía, un reseteo. No hay que dejarse derrotar. En lo intelectual estaba en mi mejor época, y todavía de buen ver. A nadie le hago falta, pensé, pues muy bien, ahora me dedico a mí.

¿Cuánto duró ese proceso?

– La gente pregunta: ¿cuánto dura un duelo? Yo también lo hacía, aunque de un modo subrepticio, indirecto. Un profesional me respondió: “la media, unos dos años”. Y acertó. Salí del agujero, a los 58.

¿Hay fases en ese proceso?

– Primero intenté relacionarme con más gente, romper mi enclave. Tuve suerte. Tropecé con un grupo que practicaba una especie de terapia, en casa de cada cual, llevando cada uno sus víveres. Hacíamos lectura de poesía, teatro y risas. No se hablaba de política, cosa a lo que no estaba acostumbrada. Y no porque hubiera consigna alguna, sino porque no les interesaba, algo que jamás me había ocurrido con anterioridad.

¿Era compartir?

– Conocer a gente diferente. Porque yo siempre andaba con los “nuestros”.

¿Y cómo te das cuenta de que has salido del agujero?

– Porque tratas de volver a la entente amorosa. Había pasado dos años enfrascada en el trabajo. A todo el mundo le digo: de esto se sale, un clavo saca otro clavo. Cierto que me lo busqué. Cuento todo en mi libro de la chica de los 60.

¿Es cuestión, pues, de voluntad?

– Hay que sacar lo que llamo “energía negra contra el muro”.

Explica eso.

– Algo parecido a lo que se hace con los animales de tiro para obligarlos a que miren hacia adelante. Focalizar, no pensar en que no vas a tener fuerza, desconfiar de inercias, de la tradición y de tu experiencia pasada. El mundo es muy amplio, muy ancho y demasiado ajeno.

¿Es la mejor época de tu vida?

– No, pero sí una de las mejores.

Tenías, pues, un objetivo.

– Tenía varios, pero descubrí que vampirizaban la vida personal, y en ese momento pensé: voy a hacer también un hueco para ella.

¿Qué es la vida personal?

– Todo lo que tiene que ver con la identidad individual, con lo que te hace más libre. Cargaba una mochila de cosas de los demás. Había más sitio del que yo creía. Era consciente de la cantidad de material que iba acumulando en aquellos primeros ordenadores, de bibliografía, información. No puedo escribir más porque estoy a tope, pensé, pero publicaré más adelante.

Como historiadora ¿te llena la vida profesional?

– Tanto o más que la afectiva. No es una prerrogativa de los hombres. Ver que moldeas las tiesuras de los nuevos materiales. Sobre todo ahora, cuando estamos asistiendo a la apertura de archivos de posguerra. Por ejemplo, los de la ocupación alemana de Francia, que nos están demostrando que la resistencia a cualquier régimen dictatorial es siempre una minoría: somos seres humanos y tenemos miedo. O ver cómo las élites se pasan a los ocupantes, escritores escribiendo y cantantes cantando, sabiendo que desaparecían homosexuales, judíos, gitanos, militantes…

¿Con el tiempo tienes una opinión mejor o peor de la naturaleza humana?

– Puede que esa naturaleza sea la misma que hace medio millón de años pero las capacidades, sobre todo de destrucción, son mayores. Hay que llegar a una situación límite para saber cómo es esa naturaleza. Es difícil tocar su verdadero subsuelo, allí donde el neocórtex intuye la cultura. Creo que la literatura nos la da a conocer mejor a través de los tiempos.

Ante esa naturaleza humana, ¿qué es preciso recordar siempre?… ¿Qué es lo importante?

– Tengo mucho miedo a las rupturas de tregua como la yugoeslava. En Europa hemos vivido una tregua-gigante, dos-tres generaciones indemnes, algo que no se ha conocido nunca. ¿Hemos perdido el gen de la guerra o está ahí dispuesto a surgir a la menor oportunidad si se rompe Europa? Esto me obsesiona, me atemoriza a la par que me genera gran curiosidad. No entiendo al que no se da cuenta del momento que estamos viviendo; el que quiere informarse se informa. Sé lo que estamos dejando, no muy bien lo que viene.

¿Qué es lo que hay que tener siempre en cuenta, pase lo que pase?

– No dejarse gobernar por la ira, aunque no soy pacifista en el sentido beato de la palabra. Si me dan, doy. Lo tengo claro. Pero hay que calibrar lo que está pasando en el cerebro del otro. Vemos cómo se están provechando los temores y pasiones de los náufragos de la prosperidad, en Reino Unido, en América, en Francia ahora.

¿Qué es vivir bien?

– Tener cuatro necesidades cubiertas, incluida la salud, y experimentar placer, porque sin placer se está muerto en vida.

Profesional, vida afectiva, ¿qué más?

– Dominar el paso del tiempo, o al menos controlarlo hasta cierto punto, buscar posibilidades.

Aprender a vivir es aprender a morir; aprender a morir es aprender a vivir.

– Pertenezco a dos asociaciones pro Derecho a Morir Dignamente. Las busqué, firmé y lo dejé muy claro. ¿Pensar más en la muerte?, bueno, ya pensaré cuando llegue. Soy muy de acción. Será por eso que no me gusta la narración solo introspectiva. Necesito que pasen cosas. Loada sea la morfina.

¿Qué significa para ti vivir en San Juan de Luz?

– Que no me conozcan. Es glorioso. Vivo de modo anónimo, aunque hace poco un vecino, orgulloso de tener una escritora en la casa, ha puesto mi nombre en el buzón. Y no he podido quitarlo para no ofender.

El placer del anonimato.

– No, el placer del disfraz. Me encanta. Recorrer una ciudad en la que sabes que nadie te va a conocer, ser otra persona. La posibilidad de tener otra identidad más. Es una liberación no tener que representar tu personaje, vestir como me da la gana.

¿Te arrepientes de algo?

– De no haber hecho mejor muchas cosas. Con el paso del tiempo edulcoras las decisiones erradas de tal manera que ya ni te acuerdas de ellas. Por fortuna.

¿En las Memorias que has escrito hay algo de cierre?

– No, es conocer mejor lo que has tenido cerca. Explicártelo a ti misma, para seguir.

¿La palabra feminismo sigue teniendo sentido para ti?

– No existe ya el feminismo, sino los feminismos. Lo sustancial ahora es no tener siempre la mirada de los demás imponiéndote sus códigos de género. No pagar tu igualdad incluso con la muerte.

¿Eres capaz de imaginar el país de aquí a diez o quince años?

– Confío en que no sigamos pensando que somos el ombligo del mundo. Ansío una mirada más divertida, un poco más irónica en ese aspecto.

¿De qué te has sentido orgullosa?

– De mi pelo loco cuando era chavala. Publicar libros es gratificante, si te leen. De haber ido a la contra en la etapa franquista. De haberme largado de casa e irme a Londres a tiempo. De haber acabado la Enciclopedia Auñamendi. Más que orgullos son orgullicos.

¿Qué has tratado de enseñar a tu descendencia?

– El amor a la literatura, la extravagancia, el respeto a los animales.

¿Por qué has escrito el libro sobre ELA?

– Porque nadie lo ha hecho. He pretendido acercarme a lo que fue el Franquismo, enfocar el papel en la lucha antifranquista de la gente intelectual y obrera. He tratado de contextualizar al máximo el periodo (lo que ocurría en España, en Occidente, Portugal, Francia, Grecia, Irlanda, Quebec…).Quería señalar que en Euskadi no toda la resistencia antifranquista fue la armada. Sé que hay gente a la que ha sorprendido su papel en la historia, gente gratamente sorprendida. Otros no tanto, por creer que solo existe el último período, aquel en el que ellos han participado. Fueron muchos años, dos generaciones desde el fin de la guerra.

Una vida

– Nace a finales del 40 en Santiago de Chile.

– “Jane Eyre” le marca la niñez.

– Le gustan las Memorias más que las biografías, a no ser que sean de I. Berlin o I. Deutscher…

– Le encanta conducir. Se le quitó el miedo con uno de esos coches que no necesitan carnet de conductor. Lo recomienda, aunque haya que sufrir pitidos y bocinazos. Que piten, dice.

– Es apóstata. Querría sentirse atraída por la espiritualidad de tipo budista pero le gusta demasiado la acción. Detesta las Iglesias, a las que califica de estructuras patriarcales de poder.

Iñaki Aldekoa: “me siento satisfecho, aunque el sufrimiento de este país podría haber sido mucho menor”.

Posted by on May 05 2017

A Iñaki Aldekoa se le puede aplicar aquella máxima del poeta: “confieso que he vivido”. Ha estado en la lucha política desde el año 1958 hasta hace dos años, cuando dejó el grupo Aralar. Lo conocí a finales de los sesenta y tuvo un papel importante en mi desarrollo político. Más tarde nos separamos. Recuerdo una etapa de alejamiento ideológico total, disputas incluidas, que no impidieron que mantuviéramos el contacto personal. Pasados los años, nuestra relación se ha fortalecido. Hombre generoso, me ayudó mucho con sus recuerdos y correcciones a uno de los borradores de “Cincuenta semanas y media en Brighton”.

Es hombre de sistema, y consecuente a la hora de actuar con lo que en cada momento su racionalidad le exige. Sabe también lo que es sufrir, entre otras cosas, la tortura y la enfermedad. El tiempo ha hecho que sus sonrisas, esporádicas en otro tiempo, se hayan hecho ahora mucho más frecuentes.
Le pregunto por ese acontecimiento que cambió su vida.

– Tengo 19 años y voy a la cárcel, donde paso un año, como miembro de Eusko Gaztedi. Es un cambio de rumbo que va a suponer una mayor implicación política de la que yo había previsto inicialmente.

¿Qué aprende un joven de aquel tiempo en la cárcel?

– Supuso un proceso de maduración. Siempre he sido muy respetuoso para con los mayores. Hasta entonces, pensaba que, por principio, tenían razón. En la cárcel me doy cuenta de que no es así, que podían ser tan mezquinos e ignorantes como nosotros. También conozco a José Antonio Etxebarrieta, que junto a Gabi del Moral tuvieron mucha influencia en mí.

Esas fueron, pues, tus primeras influencias…

– No, la primera fue la de mi padre, trabajador en el molino de casa, carpintero autodidacta y chofer mecánico, que en aquella época significaba ser casi un especialista, que me daría un gran consejo. Siendo aún estudiante, sabiendo que yo estaba comprometido en política, me dijo: “no dejes nunca los estudios. Tienes que terminar la carrera. No dependas nunca económicamente de la política para vivir”. Ese consejo resultaría fundamental. Mi padre tenía también preocupaciones sociales, y leía toda la literatura socialista que caía en sus manos. “En el enfrentamiento, hay que primar siempre el trabajo sobre el capital”, decía. Ha sido importante para mi manera de entender el socialismo. Era cristiano, pero no de ir mucho a misa. Extremadamente crítico con la jerarquía eclesiástica. Supongo que era la consecuencia de lo que había visto en la guerra. Murió de repente, y al saberlo, sentí un mazazo en la cabeza; todo lo que había dentro de mi cuerpo se rompió en trozos, como si fuera de cristal.

Cuando te conozco, llevas la gerencia de una empresa.

– A los treinta años me cae esa responsabilidad. Era un ingeniero sin más formación empresarial que la del último año en la carrera. Juanito Zelaia confió en mí. Aquella experiencia resultó traumática desde el punto de vista personal.

Fue tu doctorado en personas.

– Aprendí mucho. Por una parte, era la consideración del trabajo como algo instrumental, la garantía para poder hacer lo que yo quería: lucha política. Pero fue algo más: perdí la inocencia en lo tocante a las relaciones humanas. La lógica de la ingeniería se llevaba mal con las rencillas personales, y más aún cuando tocaba tomar decisiones difíciles.

Pero también te dio un buen conocimiento de lo que es la empresa, que siempre has defendido. ¿No resulta contradictorio ese concepto de la empresa privada con la ideología dominante de los grupos políticos y sindicales con las que más has trabajado, hostiles por principio hacia la empresa y el sistema que representa?…

– Sin duda alguna. El desconocimiento de la izquierda abertzale hacia lo que es la empresa, corre pareja con una cierta concepción “mágica” de la política por una parte y “moralista” en lo social por otra, que viene de una comprensión muy elemental del cristianismo, dividida en buenos y malos, a través del “obrerismo neocatólico” de los años sesenta. Siempre he sido un tanto heterodoxo, pero he dicho con claridad lo que yo creía, sea cual fuera el lugar. En Herri Batasuna era claramente minoritario en este aspecto, pero no me callaba. El único que parecía coincidir conmigo era Jon Idígoras. Siempre fui contrario al sufrimiento que se ejercía sobre el empresariado vasco, que significaba un aprovechamiento de tu propia gente. Nunca he compartido esa idea marxista de que la historia es solo la historia de la lucha de clases. En el proceso de la historia hay no solo lucha, sino que, tan importante o más, es la cooperación y la colaboración, a semejanza de lo que ocurre en la evolución biológica con la lucha y la cooperación entre las diferentes especies entre sí. De hecho, los principales saltos evolutivos en la historia de la vida son acuerdos simbióticos entre especies distintas.

Y el ingeniero racional y lógico sufre.

– En lo tocante a la inteligencia emocional he sido siempre un pardillo. He aprendido muy tarde, creyendo que se avanza a través de la razón, pensando que las cosas avanzan con argumentos. Uno se da cuenta de que las personas influyen, para lo bueno y para lo malo. Los condicionantes históricos son importantes, pero el papel de los prejuicios y las emociones de las personas es fundamental. Esa es una lección aprendida muy tarde. A la hora de actuar, hoy no me fio sino de personas. Ni de ideologías, ni de organizaciones, ni de programas. De unas personas me fío y de otras no.

¿Qué significa fiarte en una persona?

– Fallar fallamos todos. Pero que no me estén mintiendo. Es posible que yo haya mentido alguna vez, no me creo ejemplar, pero sí puedo decir que odio la mentira, que es algo contradictorio con lo que creo y con mi manera de actuar. Tiene que haber un mínimo de sinceridad en las personas, un intercambio leal, lejos de motivaciones ocultas. El mentir me repatea.

¿Desengañado?

– Me he vuelto cada vez más escéptico en relación al comportamiento de las personas dentro de los colectivos correspondientes. Entre los mentirosos, los pusilánimes, los trepas y los chapuceros, luego quedan pocos. Tengo sin embargo una gran empatía con lo humano, sobre todo con los débiles. Pero estoy bastante desengañado respecto a la naturaleza humana. Y cuando cao del higo, tenía ya cincuenta años.

¿Cómo se produjo?

– Es un proceso. El primer desengaño tiene que ver con la sensación que tuve de manipulación de mis sentimientos religiosos por parte de los jesuitas. Luego he hecho ya referencia a la relación con los mayores en la cárcel, así como a las mezquindades en la experiencia de empresa. Pero quizá el ámbito en el que las relaciones humanas han resultado más dañadas, ha sido para mí en el ámbito de la política, por tratarse de relaciones de poder. Uno de los principales sopapos fue lo que ocurrió en Argel, tras las conversaciones entre el Gobierno español y ETA, en el año 1987, al observar su ruptura. Argel marca la cumbre de ETA. Fue su momento y la posibilidad de llegar a un acuerdo con el Gobierno español a través de la intermediación del FLN y el Gobierno argelino. Eso podría haber sido la consagración de ETA. Es verdad que fue una situación difícil, pero resultó duro ver que todo cae por la borda por la falta de capacidad política de parte de la cúspide de ETA. Aquella ruptura tenía poca relación con una lucha armada entendida como táctica, sino que tenía que ver con una concepción profundamente estratégica, de la lucha armada insurreccional. En concreto, poco tenía que ver con lo que yo había podido escuchar a “Argala”, que fue un hombre que tuvo un cierto impacto en mí, persona muy inquieta, que hablaba poco y escuchaba mucho. Yo nunca había creído en la lucha armada insurreccional, ni en los tiempos de José Antonio Etxebarrieta. Tras lo acontecido en Argel, dejo de fiarme de la capacidad política de ETA. Observo que no son capaces de ver que aquellas circunstancias podrían no volver a repetirse.

¿Algún desengaño más?

– Sí. El principal desengaño ha sido la ruptura de los acuerdos de Lizarra-Garazi, cuando vienen con un argumento infumable, un puro pretexto, volviendo a las andadas, y destruyendo el cielo que creíamos tocar con las manos. En Argel me fiaba de Muguruza, de Etxebeste y de Iruin, y en Lizarra Garazi de Rafa Diez, Arnaldo Otegi y Pernando Barrena. Pero vi que eran otros los que finalmente tomaban las decisiones y de esos otros, que no sé quiénes eran, ya no me fiaba.

Habrás pensado más de una vez si el esfuerzo dedicado a la lucha política ha merecido o no la pena…

– Pues sí, pero cada vez que lo pienso me doy cuenta de que quizá no podía haber hecho otra cosa. Siempre he pensado que no he dedicado el tiempo suficiente a mi familia, y más exactamente a mis hijos, aunque luego he terminado teniendo mucha suerte con ellos. Nunca he querido marcarles una dirección determinada. Lo más importante que he intentado inculcar es que sean autosuficientes, que tengan motor propio para donde quieran ir. Ahora observo que todos ellos han resultado serlo. Pero también diré que, al observar la situación del país cuando yo comencé mi lucha y la comparo con la actual, el avance ha sido extraordinario. En ese sentido me siento satisfecho, aunque el sufrimiento de este país podría haber sido mucho menor.

Has transmitido a los hijos lo mismo que te transmitió su padre.

– Pues sí. Pero eso no obsta para que, cuando echo la vista atrás, observe demasiada lucha política en mi vida. Pero es lo que ha sido.

Una vida.

– Estudios: Ingeniero superior en la Escuela de Ingenieros de Bilbao.

– Nacido en Amorebieta, en 1940.

– Ha vivido en Bilbao, Iruña, Isaba, Gasteiz, Santiago de Chile, Cádiz y Etxaguen, y el servicio militar en Donostia.

– Fundador de Herri Batasuna y miembro de su Mesa Nacional en varias ocasiones. Abandona los cargos en 1992.

– Un lugar fuera de Euskal Herria: Cádiz y Chile en general.

– Una afición: los mapas, porque ayudan a entender la geopolítica.

– Una frase de Bertrand Rusell: “lo que me hace temblar es contemplar el cielo estrellado”.

Arantzazu Amezaga: “Nunca he sido una niña”

Posted by on Abr 09 2017

La visito en Alzuza, a las afueras de Pamplona. La conocí hace cuarenta años y no nos habíamos visto ya más. Tiene, pues, sentido preguntar aquello de “qué fue de ti”, pero, de inmediato, me doy cuenta de que lo que aún pesa en esta mujer son sus primeros treinta años de vida en el exilio, que la marcan de manera definitiva, empezando por ese acento inconfundible, al que algunos califican de argentino. Le pregunto por un momento especial en su vida.

– Abril de1956, cuando mis padres me dijeron que dejábamos Montevideo. Mi familia pensó que podía regresar del exilio. Significaba dejar Uruguay. Yo me sentía americana, pero me di cuenta de que era vasca. De repente. Tan grande fue el dolor, que fui a la playa, me senté en un banco y me puse a llorar. Es la vez que más he llorado en mi vida. Tenía 13 años. Recuerdo la sensación de desgarro que gravitó sobre mí por primera vez. Yo me hubiera quedado allí, pues era feliz. Sentiré lo mismo luego, al dejar Venezuela: la sensación de estar dividida en dos y la inevitabilidad de romper con una de mis raíces. Porque no eres ni una cosa ni la otra, o eres más bien las dos.

¿Qué significa ese desgarro?

– Cuando salías de casa y marchabas a la calle hablabas y gesticulabas distinto. Te movías de una manera diferente a la de casa. Aprendes a sobrevivir, a adecuarte, a ser otra persona. Intentas hablar como ellos, los otros. Pero el desgarro interior permanece para siempre. Así fue mi infancia.

Muy a pesar de vivir en aquel tiempo en América en una situación muy diferente a la de los que llegan hoy aquí.

– Sin duda, pero mis padres vivían con la sensación de que estaban de paso. Aquello no era definitivo, y, en consecuencia, había un cierto mensaje que te recordaba cada día que “no te hagas del todo”. Las maletas estaban siempre listas para volver. “Esto es provisional”, te decían. No dejaban que te encariñaras demasiado con el país, por más que lo respetaran. Era un paréntesis. La verdadera vida empezaría en cualquier momento y en Euskadi, y había que estar preparada para ese cambio.

Una identidad clavada a fuego.

– Desde el primer momento. Mis padres marcharon al exilio americano, en 1941, en un barco, el “Alsina”, donde había tres componentes: vascos, españoles y judíos, y cada grupo ocupaba un determinado lugar en el barco y tenía un portavoz. Pertenecías a un grupo, no a otro. Lo evidente es que uno era vasco y punto.

Vivías formando parte de una red emocional, que significaba también protección.

– La buena imagen de los vascos en América viene de lejos, desde los exiliados de las guerras carlistas. Argentina es para mí agradecimiento. Recibía a los vascos sin necesidad de papeleo. Uruguay supone la enseñanza de la democracia y la escolarización. Un trato exquisito entre sus gentes. Los vascos no nos caracterizábamos por la amabilidad, al menos entre nosotros. Somos más bruscos. Eso también se aprende. Y luego Venezuela, el cielo azul, un sol esplendoroso; cuando llegué, en 1956, era el país de promisión, la verdadera tierra de gracia, descubierta la riqueza petrolera, y que accedía a la democracia. El dictador Pérez Jiménez cargó tantas cosas robadas en el avión en que huyó al ser derrocado, que tuvo dificultades para poder despegar.

Y en Venezuela, el encuentro con el amor.

– Sí, a los catorce años conocí a Pello Irujo, y desde entonces juntos hasta que murió. Más de cincuenta años. Fue simplemente vernos… y todo lo bueno empezó.…

Esa buena imagen de los vascos en América era, pues, cierta.

– Llevaban una fama impoluta. Cada vasco tomaba su propio camino, sin haber vasco preso o pasando necesidad, pues había solidaridad en cada comunidad, del norte al sur de América. A la semana de arribo conseguías o te conseguían trabajo. Había una autoridad moral, derivada de los Centros Vascos, “palabra de vasco”, decían en Uruguay y Argentina. No entraban en la política del país correspondiente. Hay quien piensa que eran más bien conservadores en lo político, pero se trataba de gente despojada en su pueblo de origen, que había trabajado mucho en su nueva vida, y no se dejaban arrebatar una vez más lo que consideraban suyo, porque lo habían conseguido de la nada.

Y un día de diciembre de1972 decidís que hay que volver.

– A la Nabarra de mi marido, la patria de los Irujos. No queríamos que nuestros hijos tuvieran esa condición doble que hace sufrir. No seguir siendo americano y vasco. Que sean vascos o venezolanos, pensábamos. Todo en el afán de evitarles ese sufrimiento. Que no estén divididos como habían estado sus padres. Hay una parte que se aferra a lo anterior. Pero resurge la actitud del refugiado, que implica saber adaptarse, no enfrentarse, evitar problemas. El refugiado de entonces partía de la convicción de que no tenía ningún derecho. Había que ganarlo. Con quien te aceptaba te relacionabas bien, y con quien no coincidías, tratabas de eludirlo. Los hijos del exilio lo hemos tenido siempre claro. Piensas que relacionarte con quien no te quiere es mucho lío; te das la vuelta y te vas. El espacio es enorme. Oteiza solía decir que es una actitud muy vasca.

El exilio supuso, pues, una carga.

– También sentí pena al observar que las gentes de aquí no habían vivido la democracia y la vida de libertad que yo gocé. Muchos de aquí que tanto se rebelaban, solo habían conocido amargura y destilaban parte de esa amargura. Habían sido derrotados, viviendo en su propio país. No habían conocido nada bueno como nosotros. La libertad es el aliento, un aliento amplio y generoso del que yo disfruté y otros no.

En América trabajas para la fundación Alianza para el Progreso de John Kennedy. Lo llegas a conocer.

– Una gloria de hombre, guapo, atractivo, sonriente. Hablaba de los temas políticos a ritmo de poesía. Siempre agradeceré haber sido elegida para aquel trabajo, como bibliotecaria, enseñando a leer y escribir a los campesinos, montando para ellos bibliotecas especializadas. Su lema era “un hombre, un libro”. También conocí a su mujer, Jacqueline, vestida de seda, pero de carácter de acero. Hablaba castellano. No me extrañó su entereza y su valor en los momentos inmediatos a la muerte de su marido.

Pero la América que tú conoces va a ser al poco tiempo lugar también de dictaduras e insurgencia.

– Recuerdo la entrada de Castro. Así como el lema de Kennedy fue “un hombre, un libro”, el de Castro fue “un hombre, un arma”. En lugar de convocar elecciones y ceder el poder, lo retuvo hasta el final. Castro ha sido una desgracia para su país y para América. Cuando escuchaba cómo le alababan aquí, pensaba: ¿cómo alguien puede estar aún en esa onda? Hizo una guerra durante dos años ayudado por los americanos, muriendo tantos jóvenes, para luego venderse a los soviéticos que pagaban más.

¿Qué echas en falta en tu vida?

– Nunca he sido niña. No he tenido momentos de inconsciencia. No he trepado a un árbol sin pensar en el vacío. Desde que tengo memoria me di cuenta de que estaba en el exilio, que es tierra de nadie. Aprendí a andar sabiendo que un resbalón era mortal. Recuerdo que un día, observando a mi ama, que tenía problemas de salud, pensé: “Si le pasa algo, voy al orfanato”. Porque en el exilio no hay otra familia que la parental. Los abuelos, los tíos, el complejo familiar, está lejos. De algún modo eso me ha marcado. Siempre vas caminando con temor. Se aprende a sobrevivir.

A la luz de hoy, ¿qué te ha ido bien en la vida?

– Soy optimista de naturaleza y he tenido suerte. He vivido momentos esplendorosos, pues viví el final del franquismo. Me tocó presenciar el festejo del arribo democrático cuando aquella avioneta nos trajo a Manuel Irujo a Noain. Había miles de personas. Fue un júbilo para Navarra, luego se torció. Pero hay que ver lo positivo. Cuando amanezco me digo: hoy me va a pasar una cosa buena y una mala. Y tengo que balancearlo. Porque no somos ni tan sortudos ni tan desgraciados. Eso me ha ayudado mucho. En casa fuimos perdedores, pero nunca tristes. Aita, que era un intelectual, era más un hombre de risas. Y a mí me gusta reír. Pello reía mucho. Hoy vivo con mucha ilusión la marcha del Gobierno de Uxue Barcos.

Y hablabas de que también has tenido suerte.

– Suerte en las cosas importantes, porque hay cosas importantes y cosas que no lo son. La salud, mis hijos me han dado satisfacciones sin fin, mi matrimonio fue excelente, mis padres extraordinarios. Son cosas importantes. Hoy pienso que incluso ha sido bueno haber vivido con una cierta apretura desde el punto de vista económico, sobre todo en mi etapa de juventud.

Estando en Alzuza, te tengo que preguntar por tu relación con Jorge Oteiza.

– Iziar y Jorge me adoptaron. Ella era maravillosa. Lo atemperaba, lo moderaba. Nos reíamos mucho en aquellas tertulias bajo el techo de esta casa y en el de la suya, donde está ahora el Museo. Nunca entendí sus líos con Chillida; ni cuando se pelearon ni cuando, un día, se amigaron. La esencia de nuestra relación era la charla amena, el buen humor y las risas. Hablábamos e incluso discutíamos de América, de arte, de filosofía, de poesía… de Euskadi, siempre, y por más grave que fuera el tema, terminábamos riendo.

Y ahora la vejez, que llega para quedarse.

– Es un tema complicado. Sentir que el cuerpo no responde como antes y asumir la soledad cuando se ha ido tu amado compañero. Tengo miedo sobre todo a convertirme en una carga. Eso también me ha dado el exilio: la voluntad de no ser carga para nadie. Hasta ahora lo he logrado.

Una vida.

– Un recuerdo infantil: dejando Montevideo rumbo a Caracas, cargando una mínima biblioteca personal.

– Estudios: Licenciada en Biblioteconomía y Técnica Superior en Archivos, Facultad de Humanidades y Educación, Caracas.

– Escritora: Diecinueve novelas históricas, biografías, entre ellas la de Manuel Irujo, entrevistas, colaboraciones en revistas y artículos de opinión en Grupo Noticias y otros.

– Premios: Sabino Arana (2014); Elgeta (2016); Premio Manuel Irujo (2016)

– Pasiones secretas: la natación. Casi diariamente. Le gusta elaborar abalorios. Y cuida sus rosales.

Sabino Padilla: “La visibilidad tumba hasta el más humilde”

Posted by on Mar 27 2017

Con Sabino me ha sucedido algo muy especial. He tenido relación con él desde antes de que nos conociéramos, hace relativamente poco. Me confundían con él en la calle, pues dicen que nos parecemos físicamente. Varias veces me han parado y preguntado por mi opinión del partido del domingo del Athletic. Alguna vez he seguido incluso la conversación como si se tratara de él. En realidad, no he hecho sino escuchar hablar al interlocutor, que para eso es por lo que quería saludar a Padilla, para decirle lo que el Athletic tenía que hacer, según él. Mientras tanto, yo respondía con monosílabos y me despedía amablemente, para no dejar en mal lugar a mi desconocido amigo.

Le llamo en uno de sus ir y venir de Canadá, su nuevo territorio de sueño. Le pregunto por ese antes y después.

– No tengo una fecha precisa, pero sí acontecimientos que sirven de transición hacia otros. Nacer en Otxandiano me ha condicionado, porque suponía que para ir a más tenías que emigrar, que salir, que marchar, pues en Otxandiano no había oportunidad de formación. Y esa idea me ha marcado, pues es lo que he hecho a lo largo de mi vida: ir de un lugar a otro.
Otxandiano, pues, para lo bueno y para lo malo.

Otxandiano marca carácter. Hay algo especial en sus personas: son sociales, interactivos y abiertas, junto a un cierto sentido optimista de la vida.

¿Tú eres así?

– No tanto. Eso es lo que me ha dado desde pequeño mi familia y ese ambiente. Gran parte de lo que hecho luego ha dependido de lo que mis padres hicieron conmigo. Han estado ahí por si acaso, pero nunca vigilándome. Lo mismo me sucedió en Eskoriaza. Son pueblos que forjan a uno. Se habla de los pueblos como lugares cerrados, pero en mi caso el recuerdo es de lugares abiertos, donde la relación es fácil. No he visto esa gente obcecada con lo suyo de la que a veces se habla, sino gente lista para salir, sabiendo desde siempre que el pueblo da lo que da.

Un buscador de conocimiento. Valladolid, Saint Etienne y luego Canadá. ¿Qué encontraste en Canada y en los Estados Unidos de América?…

– Personas, nuevas relaciones, laboratorios, como los que he conocido en Denver. Observar lo que hacen y cómo lo hacen. Se abren muchas posibilidades, que te permiten modificar lo que habías aprendido. Desaprender. El ochenta por ciento de lo que hoy sé, no se me dio en la Universidad. Sí que partía de conocimientos anteriores, de catedrales mentales necesarias, de conceptos que siguen siendo los mismos, pero la inmensa mayoría de mis catedrales actuales las he construido luego.

Hace poco hablaba con un amigo, buen conocedor de la obra de Picasso. Me decía que, al final, su proceso de innovación era siempre el mismo: construir, destruir, salvar lo fundamental y reconstruir.

– Me vale para lo que hago. Es así. Lo fundamental son las preguntas, que siguen estando presentes. Las respuestas cambian, en ocasiones en función de la tecnología, pero muchas de las preguntas continúan y reconstruimos respuestas.

¿Por qué tu elección por la medicina deportiva?…

– Debido a que era, y soy, muy deportista. Estimaba mucho a montañeros, como Martin Zabaleta o Angel Rosen. Los escuchaba por la radio y eran mis ídolos. Saint Etienne me permitió estudiar e investigar en medicina deportiva. Luego llegó el IVEF.

Pero en ese momento se presenta Chávarri y el Reynold (luego Banesto), y con ello el ciclismo y el rendimiento.

– Sí, lo que supone una aplicación práctica del investigador que ya era.

Para muchos de los que practican el deporte de élite, finalmente, ¿les merece semejante pena?

– A muchos les merece la pena y a otros no. Depende de los resultados, que son de diversos tipos. Hay quien descubre que ha perdido demasiado para lo que ha ganado. Hay una visualización social, que se centra más en unos que en otros, y que, llegado el momento, desaparece. He observado, sin embargo, que algunos lo aceptan muy bien, y que, a pesar de todo, no se arrepienten de nada. Tras haber estado arriba, hoy pueden ser conductores de coches en la carrera, trabajando en total anonimato, contentos, con normalidad. Continúan en el mundo al que pertenecían, la caravana de los ciclistas, y no se les cae anillo alguno. Pero no sucede con todos; hay quien sigue necesitando la visibilidad.

Hay, pues, gente con gran capacidad de adaptación.

– Mucha. Y con mucha humildad, porque el sacrificio y la recompensa pueden no estar muy acordes. El éxito depende también de las decisiones y circunstancia de otros. Dar tanto reconocimiento de éxito a una persona, cuando hay tantas que han contribuido a ese éxito no es lo más justo. Pero es así. Tienes que tener el potencial, sin duda, pero no es suficiente. Hay también un entorno, y las circunstancias.

¿De qué depende el éxito?…

– Primero del potencial, luego de la voluntad de sacrifico y la dedicación, luego los aspectos técnicos son importantes, y, finalmente, de las circunstancias.

Puntúalas.

– El potencial es imprescindible. Si no lo hay, más vale no seguir. Sé que voy a generalizar, pero el entrenamiento es el 50%, lo técnico es el 25% y otro 25% las circunstancias, el medio que te rodea, que es muy importante.

¿El éxito es siempre justo?

– Sí lo es, porque sacrifican mucho, hipotecan la vida de su entorno, con un costo personal muy alto. La familia vive más los fracasos que los éxitos. Los fracasos se viven en tercera persona. La familia sufre un montón. A veces no se le reconoce; es el hijo quien más disfruta del éxito. El hijo piensa: “sí, sí, habéis estado ahí, pero el que ha corrido soy yo”. En todo caso, las relaciones de familia y pareja entonces eran más estables que las de hoy.

De allí al Athletic, y, tras el futbol, tu decisión de abandonarl. Vives acontecimientos muy desagradables. Se produce un cambio de vida. Observas la necesidad de abandonar la exposición. Y hay un traje que te va a ir bien, el de investigador.

– Es el momento de mi separación, mi abandono del Athletic y el inicio en la dedicación total a la investigación, pero para ello tenía que aprender inglés. Y con ello, ese salto de siempre: más. Esos acontecimientos no me moldean como persona. Ya estaba formado, pues era un investigador antes de introducirme en el rendimiento.

Sin embargo, hasta ese momento has estado más volcado en el rendimiento que en la investigación.

– Sin el éxito de la etapa de rendimiento creo que me hubiera dedicado muchísimo antes a la investigación, aunque tengo que decir que la etapa de rendimiento es también una etapa de investigación, aunque distinta, sin laboratorios, y ligado a plazos, personas y circunstancias que no puedes controlar.

Tenías, pues, un Plan B.

– No orientado al rendimiento. Pero no me arrepiento, porque la exposición y el stress te hacen también saltar hacia adelante. Son otros los que me exponen en la época de triunfo, y la visibilidad tumba hasta el más humilde, que además no era mi caso. Es como la espuma de la cerveza: sube y te quedas sin espuma muy pronto. La exposición para mí se ha acabado.

¿Has cambiado mucho?

– No he cambiado. Rendimiento y exposición son inevitables. De la exposición mediática también he aprendido mucho. Es muy fácil poner el foco en alguien y destruirlo.

Has vuelto a nacer. Habrás tenido ofertas y tentaciones.

– Pero sé lo que me hubiera vuelto a pesar. Tienes que optar por lo personal, que valoro mucho más que lo económico. Surgió un tiempo sabático por mi cuenta; lo tenía que aprovechar y rehacerme como investigador.

¿Queda amargura?

– Sí, claro. Hay un momento en que todo el mundo cree que te conoce y puede hablar de ti. La visibilidad es como si te sentaras con todos a la hora de comer, eres uno más de ellos.

Y surge el chico que se fue a Eskoriaza, luego a Valladolid, a Saint Etienne, a Bilbao y a Vitoria. En busca de más.

– La pregunta no es de dónde eres, sino más bien quién eres.

Julio Caro Baroja solía decir que el País Vasco difícilmente puede dar respuesta a la fuerza del pueblo vasco, porque es mucho más que sus recursos.

– Todo está en el imaginario de un colectivo. Eso es lo que realmente funciona. Y en ese imaginario está el ser ambicioso, tener más familia, querer más. Siempre más. Y una vez que vives esa necesidad, eso no tiene fin, es para siempre.

Hay gente sin embargo que no quiere más. Se trata de escoger y elegir.

– Y la respeto. La felicidad es vivir y obtener de la vida acorde con tus expectativas, en conformidad con tu imaginario. En mi caso es responder a una infelicidad que viene de muy antes.

¿Has aprendido a convivir con la amargura?

– Hasta cierto punto. Es también en ocasiones rabia, una cicatriz que está ahí. Se reduce en tamaño, pero existe, y esa existencia es el origen de mucha energía. Desarrolla otros aspectos.

¿En ese proceso del científico se encuentra en algún momento con lo religioso?

– No soy religioso, soy más bien intimista, me gusta lo desconocido, darle respuesta. En esos momentos aparecen preguntas, pero me gusta dar respuesta con hechos, y la respuesta siempre es incompleta, y sigo buscando. No vivo con la catedral construida desde el principio.

¿Qué es lo que te hace levantarte de la cama cada mañana?

– Constatar que he vuelto a despertarme, sentirme bien, ir a correr, sin ninguna limitación que no sea mi intensidad, rememorizar lo vivido y recordar lo aprendido. Somos lo que recordamos, para volver a destruirlo otra vez.

¿Y mañana?

– No pienso en que me queda poco. No pienso en retirarme. Tengo planes. Vivo de esos planes. Crearlos es distinto que realizarlos, porque realizarlos implica una vuelta al rendimiento, a la exposición, y todo eso conlleva los problemas de los que ya hemos hablado antes.

Investigar y publicar lo investigado son dos caras de la misma moneda. ¿Hay juego limpio en las revistas científicas?

– Son buenos referentes. Sirven de árbitros. También aprendes de los porqués de sus rechazos.

Y de nuevo, empiezas a construir otra catedral.

– Me daría pena que porque se caiga una piedra me levantara sin ganas de construir otra catedral.

Al final, ¿qué es lo importante?

– Lo importante es la amistad, y esta es una palabra muy grande, atemporal y que no guarda relación con la cantidad de tiempo que le dedicas a él y a esa relación. Trasciende lo cuantitativo. Empatizas. Y te reflejas en esa persona amiga.

Una vida.

– Nacido en Otxandiano en 1958.

– Doctorado en Saint Etienne.

– Profesor de Anatomía y Fisiología en el IVEF.

– Ingreso en el equipo ciclista de Reynolds, más tarde Banesto.

– Director de los Servicios médicos del Athletic de Bilbao.

– 2008. Prime viaje y estancia en Vancouver. Investigación en Bilogía celular.

– 2013. Responsable de Investigación en ortopedia en BTI. Vitoria.

– Le sigue gustando el deporte e ir a los Pirineos con los hijos.

– Autor preferido: Jaret Diamond, un médico que ha sabido interpretar la historia de la humanidad de una manera única.

– Película: El Gran Dictador.

– Un paisaje: Lake Louis, en Canada.

Escriba su legado

Posted by on Mar 17 2017

En más de una ocasión he pensado: cómo me hubiera gustado recoger, junto al testamento de mi padre o de mi madre, un legado de unas cuantas páginas en el que quedara reflejada su vida, sus lecciones importantes, sus fechas claves, los acontecimientos que les marcaron, el recuerdo de sus padres, los libros y personas que les influyeron, algunos secretos, determinadas historias íntimas, aquello que más les hizo disfrutar o sufrir en la vida. Fue en parte por esa razón que escribí “Días de Ilusión y vértigo. 1977-1987”.

Me dije a mí mismo: que los que me sigan hagan luego lo que quieran con ello, pero tengo la obligación de escribir lo que me vino bien y lo que no, lo que me ayudó y lo que no, lo que mereció la pena y lo que no mereció pena alguna, digan otros luego lo que quieran decir.

Y que al menos por mí no quede.

Si a la persona que en este momento me está leyendo le hubiera gustado también disponer de ese legado, tal vez piense que los suyos también echen en falta algún día tener entre sus manos el suyo. Este puede ser un buen momento para escribirlo. Ahora tiene tiempo. Y aún recuerda lo fundamental. Tiene en la mente tres o cuatro acontecimientos que le gustaría transmitir. Podría escribir así, aunque breves, sus propias Memorias.

Es posible que considere que tiene algo pendiente por decir, tal vez porque hasta ahora no se ha atrevido a hacerlo, porque nunca fue el momento oportuno, porque no sabe bien cómo hacerlo.

Si ésta última es la verdadera razón, le puedo ayudar. Sé escuchar. Me gusta escuchar. Puedo preguntar, ordenar y escribir. Lo he hecho ya en muchas ocasiones.

Será algo entre Vd y yo. Podemos pactar el lugar, pero le recibiré muy a gusto en mi casa, en Obanos, Navarra, un lugar de silencio en el que se sentirá en paz.

A los días recibirá su legado, que será suyo y de nadie más. La confidencialidad por mi parte será absoluta. Luego decidirá qué hacer con él. Acompaño un video en el que se me ve impartiendo una charla sobre “El Arte de Escuchar”. Si le interesa, no dude en ponerse en contacto, pues también a mí me interesa su legado.