Eugenio Ibarzabal

Arantzazu Amezaga: “Nunca he sido una niña”

Posted by on Abr 09 2017, in Sin categoría

La visito en Alzuza, a las afueras de Pamplona. La conocí hace cuarenta años y no nos habíamos visto ya más. Tiene, pues, sentido preguntar aquello de “qué fue de ti”, pero, de inmediato, me doy cuenta de que lo que aún pesa en esta mujer son sus primeros treinta años de vida en el exilio, que la marcan de manera definitiva, empezando por ese acento inconfundible, al que algunos califican de argentino. Le pregunto por un momento especial en su vida.

– Abril de1956, cuando mis padres me dijeron que dejábamos Montevideo. Mi familia pensó que podía regresar del exilio. Significaba dejar Uruguay. Yo me sentía americana, pero me di cuenta de que era vasca. De repente. Tan grande fue el dolor, que fui a la playa, me senté en un banco y me puse a llorar. Es la vez que más he llorado en mi vida. Tenía 13 años. Recuerdo la sensación de desgarro que gravitó sobre mí por primera vez. Yo me hubiera quedado allí, pues era feliz. Sentiré lo mismo luego, al dejar Venezuela: la sensación de estar dividida en dos y la inevitabilidad de romper con una de mis raíces. Porque no eres ni una cosa ni la otra, o eres más bien las dos.

¿Qué significa ese desgarro?

– Cuando salías de casa y marchabas a la calle hablabas y gesticulabas distinto. Te movías de una manera diferente a la de casa. Aprendes a sobrevivir, a adecuarte, a ser otra persona. Intentas hablar como ellos, los otros. Pero el desgarro interior permanece para siempre. Así fue mi infancia.

Muy a pesar de vivir en aquel tiempo en América en una situación muy diferente a la de los que llegan hoy aquí.

– Sin duda, pero mis padres vivían con la sensación de que estaban de paso. Aquello no era definitivo, y, en consecuencia, había un cierto mensaje que te recordaba cada día que “no te hagas del todo”. Las maletas estaban siempre listas para volver. “Esto es provisional”, te decían. No dejaban que te encariñaras demasiado con el país, por más que lo respetaran. Era un paréntesis. La verdadera vida empezaría en cualquier momento y en Euskadi, y había que estar preparada para ese cambio.

Una identidad clavada a fuego.

– Desde el primer momento. Mis padres marcharon al exilio americano, en 1941, en un barco, el “Alsina”, donde había tres componentes: vascos, españoles y judíos, y cada grupo ocupaba un determinado lugar en el barco y tenía un portavoz. Pertenecías a un grupo, no a otro. Lo evidente es que uno era vasco y punto.

Vivías formando parte de una red emocional, que significaba también protección.

– La buena imagen de los vascos en América viene de lejos, desde los exiliados de las guerras carlistas. Argentina es para mí agradecimiento. Recibía a los vascos sin necesidad de papeleo. Uruguay supone la enseñanza de la democracia y la escolarización. Un trato exquisito entre sus gentes. Los vascos no nos caracterizábamos por la amabilidad, al menos entre nosotros. Somos más bruscos. Eso también se aprende. Y luego Venezuela, el cielo azul, un sol esplendoroso; cuando llegué, en 1956, era el país de promisión, la verdadera tierra de gracia, descubierta la riqueza petrolera, y que accedía a la democracia. El dictador Pérez Jiménez cargó tantas cosas robadas en el avión en que huyó al ser derrocado, que tuvo dificultades para poder despegar.

Y en Venezuela, el encuentro con el amor.

– Sí, a los catorce años conocí a Pello Irujo, y desde entonces juntos hasta que murió. Más de cincuenta años. Fue simplemente vernos… y todo lo bueno empezó.…

Esa buena imagen de los vascos en América era, pues, cierta.

– Llevaban una fama impoluta. Cada vasco tomaba su propio camino, sin haber vasco preso o pasando necesidad, pues había solidaridad en cada comunidad, del norte al sur de América. A la semana de arribo conseguías o te conseguían trabajo. Había una autoridad moral, derivada de los Centros Vascos, “palabra de vasco”, decían en Uruguay y Argentina. No entraban en la política del país correspondiente. Hay quien piensa que eran más bien conservadores en lo político, pero se trataba de gente despojada en su pueblo de origen, que había trabajado mucho en su nueva vida, y no se dejaban arrebatar una vez más lo que consideraban suyo, porque lo habían conseguido de la nada.

Y un día de diciembre de1972 decidís que hay que volver.

– A la Nabarra de mi marido, la patria de los Irujos. No queríamos que nuestros hijos tuvieran esa condición doble que hace sufrir. No seguir siendo americano y vasco. Que sean vascos o venezolanos, pensábamos. Todo en el afán de evitarles ese sufrimiento. Que no estén divididos como habían estado sus padres. Hay una parte que se aferra a lo anterior. Pero resurge la actitud del refugiado, que implica saber adaptarse, no enfrentarse, evitar problemas. El refugiado de entonces partía de la convicción de que no tenía ningún derecho. Había que ganarlo. Con quien te aceptaba te relacionabas bien, y con quien no coincidías, tratabas de eludirlo. Los hijos del exilio lo hemos tenido siempre claro. Piensas que relacionarte con quien no te quiere es mucho lío; te das la vuelta y te vas. El espacio es enorme. Oteiza solía decir que es una actitud muy vasca.

El exilio supuso, pues, una carga.

– También sentí pena al observar que las gentes de aquí no habían vivido la democracia y la vida de libertad que yo gocé. Muchos de aquí que tanto se rebelaban, solo habían conocido amargura y destilaban parte de esa amargura. Habían sido derrotados, viviendo en su propio país. No habían conocido nada bueno como nosotros. La libertad es el aliento, un aliento amplio y generoso del que yo disfruté y otros no.

En América trabajas para la fundación Alianza para el Progreso de John Kennedy. Lo llegas a conocer.

– Una gloria de hombre, guapo, atractivo, sonriente. Hablaba de los temas políticos a ritmo de poesía. Siempre agradeceré haber sido elegida para aquel trabajo, como bibliotecaria, enseñando a leer y escribir a los campesinos, montando para ellos bibliotecas especializadas. Su lema era “un hombre, un libro”. También conocí a su mujer, Jacqueline, vestida de seda, pero de carácter de acero. Hablaba castellano. No me extrañó su entereza y su valor en los momentos inmediatos a la muerte de su marido.

Pero la América que tú conoces va a ser al poco tiempo lugar también de dictaduras e insurgencia.

– Recuerdo la entrada de Castro. Así como el lema de Kennedy fue “un hombre, un libro”, el de Castro fue “un hombre, un arma”. En lugar de convocar elecciones y ceder el poder, lo retuvo hasta el final. Castro ha sido una desgracia para su país y para América. Cuando escuchaba cómo le alababan aquí, pensaba: ¿cómo alguien puede estar aún en esa onda? Hizo una guerra durante dos años ayudado por los americanos, muriendo tantos jóvenes, para luego venderse a los soviéticos que pagaban más.

¿Qué echas en falta en tu vida?

– Nunca he sido niña. No he tenido momentos de inconsciencia. No he trepado a un árbol sin pensar en el vacío. Desde que tengo memoria me di cuenta de que estaba en el exilio, que es tierra de nadie. Aprendí a andar sabiendo que un resbalón era mortal. Recuerdo que un día, observando a mi ama, que tenía problemas de salud, pensé: “Si le pasa algo, voy al orfanato”. Porque en el exilio no hay otra familia que la parental. Los abuelos, los tíos, el complejo familiar, está lejos. De algún modo eso me ha marcado. Siempre vas caminando con temor. Se aprende a sobrevivir.

A la luz de hoy, ¿qué te ha ido bien en la vida?

– Soy optimista de naturaleza y he tenido suerte. He vivido momentos esplendorosos, pues viví el final del franquismo. Me tocó presenciar el festejo del arribo democrático cuando aquella avioneta nos trajo a Manuel Irujo a Noain. Había miles de personas. Fue un júbilo para Navarra, luego se torció. Pero hay que ver lo positivo. Cuando amanezco me digo: hoy me va a pasar una cosa buena y una mala. Y tengo que balancearlo. Porque no somos ni tan sortudos ni tan desgraciados. Eso me ha ayudado mucho. En casa fuimos perdedores, pero nunca tristes. Aita, que era un intelectual, era más un hombre de risas. Y a mí me gusta reír. Pello reía mucho. Hoy vivo con mucha ilusión la marcha del Gobierno de Uxue Barcos.

Y hablabas de que también has tenido suerte.

– Suerte en las cosas importantes, porque hay cosas importantes y cosas que no lo son. La salud, mis hijos me han dado satisfacciones sin fin, mi matrimonio fue excelente, mis padres extraordinarios. Son cosas importantes. Hoy pienso que incluso ha sido bueno haber vivido con una cierta apretura desde el punto de vista económico, sobre todo en mi etapa de juventud.

Estando en Alzuza, te tengo que preguntar por tu relación con Jorge Oteiza.

– Iziar y Jorge me adoptaron. Ella era maravillosa. Lo atemperaba, lo moderaba. Nos reíamos mucho en aquellas tertulias bajo el techo de esta casa y en el de la suya, donde está ahora el Museo. Nunca entendí sus líos con Chillida; ni cuando se pelearon ni cuando, un día, se amigaron. La esencia de nuestra relación era la charla amena, el buen humor y las risas. Hablábamos e incluso discutíamos de América, de arte, de filosofía, de poesía… de Euskadi, siempre, y por más grave que fuera el tema, terminábamos riendo.

Y ahora la vejez, que llega para quedarse.

– Es un tema complicado. Sentir que el cuerpo no responde como antes y asumir la soledad cuando se ha ido tu amado compañero. Tengo miedo sobre todo a convertirme en una carga. Eso también me ha dado el exilio: la voluntad de no ser carga para nadie. Hasta ahora lo he logrado.

Una vida.

– Un recuerdo infantil: dejando Montevideo rumbo a Caracas, cargando una mínima biblioteca personal.

– Estudios: Licenciada en Biblioteconomía y Técnica Superior en Archivos, Facultad de Humanidades y Educación, Caracas.

– Escritora: Diecinueve novelas históricas, biografías, entre ellas la de Manuel Irujo, entrevistas, colaboraciones en revistas y artículos de opinión en Grupo Noticias y otros.

– Premios: Sabino Arana (2014); Elgeta (2016); Premio Manuel Irujo (2016)

– Pasiones secretas: la natación. Casi diariamente. Le gusta elaborar abalorios. Y cuida sus rosales.

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